30 Junio 2009
Puede sonar muy dramático el título, pero en verdad es simplemente declarar la libertad de pensamientos y la bervorrea habitual para decir lo que está adentro, muy dentro y casi encostrado.
Las cuerdas se tensan y el músculo apretuja las noches. Late, late como un loco y sigue adelante, porque no le queda otra, porque no hay descanso, paradero, detención. Vivir, vivir a concho con todas las armas que nos da la vida, pero sin agresiones, simplemente vivir.
Atado a mi está ese recuerdo de España, que es más que un recuerdo, una realidad muy atrevida y muy dolorosa. ¿lo amo, lo amé, lo seguiré amando?... no tengo respuestas para esas incógnitas, ni ya importa, porque es un hecho que la verdad tiene mil puntas, muchas más caras, muchas facetas que se despliegan a medida que el juego de la vida lanza sus dados, tira sus ases y retumba en la memoria todo lo que ha sucedido para estar de pie, nuevamente, en mis territorios.
No me importa ser imperfecta, es una gracia personal el estar agujerada por las sensaciones, por los sentimientos latinos, por el drama, la locura, la pasión y la felicidad. Todo "altiro", embutido en mi, sin espacio para largas lamentaciones, sin cuenco para las venganzas. En cierta forma, sigo siendo una ingenua y eso me gusta. No veo maldad porque yo misma no actuo malamente. Es cierto que he perdido amigos, pero también es cierto que siempre me voy quedando con lo más granado del choclo, con los que finalmente tienen la coraza abierta y los ojos ávidos de aventuras.
Respiro al límite y me esfuerzo por alcanzar quimeras, por lo mismo me repliego cuando veo que los que me rodean se debaten por el cambio, arquean las cejas o emiten juicios que yo no he pedido. Tengo juicios personales (todos lo tienen), pero aún así el largo trecho y la vía sinuosa me han enseñado lentamente, a flexibilizar el caparazón, a dejar entrar nuevas corrientes y nuevas aguas a la barca de mis sueños.
Claro, he debido anclar cierto asidero a la bruta realidad, a los morlacos necesarios para sustentar el circo, pero las alas siempre se extienden tras de mi, siempre agitan un poco el polvo del anquilosamiento, de una vida rectilínea y uniforme que nunca ha querido ser la mía.
Lo lamento tanto por el caballero de la España, que no se atrevió a sarpar, pero lo entiendo, porque nadie deja de estar casado de la noche a la mañana, nadie deja atrás una historia para armarse de la nada una nueva existencia. Estamos acostumbrados a la habitualidad, al dulce sueño de la monotonía y cuando queremos quebrarle el timón a la marcha, se nos viene este mundo y el otro encima.
No hay recriminaciones con mi caballero de las altas cumbres, sólo el tiempo le dará los últimos sancochos a la historia, sólo el camino dirá que nuevos hilos enredarán la trama. Espíritu abierto a todo, corazón que late. Hay un mundo que me circunda y quisiera alcanzarlo con todo, con la imperfección de mis palabras, con la textura delgada de mi piel, con los ojos espectantes y el pulso listo para saltar a la nueva locura, para envolverme en letras, para dejar de temerle a ser cada día más feliz.
servido por Marcela
sin comentarios
compártelo
26 Junio 2009
Extraño ese contacto terrible de meseta y soledad, de un verbo abierto y sus ojos verdes, lindos reflejos de un alma que es imposible olvidar. Extraño su acento de vez en cuando, cuando llamaba furtivo desde sus territorios, desde sus caminatas sabatinas para perderse y fundirse en la distancia con un cuerpo, con un retamo florido del final del mundo.
Extraño abrir mi correo y que ninguna de sus letras aparezca, que ninguno de sus miedos y sus gustos replete mis días, ni que el sonoro cascabelear de mi risa complete distancias. Lo extraño tanto a pesar de estar embarcada en otro océanos, a pesar de haber cerrado el cuenco de mi corazón, por no querer desangrarlo en el olvido, en la malparida latitud de las realidades. Frías y yermas angustias de silenciar los ecos, de castrar las ilusiones y la velocidad de un amor.
Para qué diablos engañarnos con que tengo algún resurtidero a la mano, si lo único que me queda es llamarlo. Pero ni siquiera tengo como hacerlo ahora, descontando al reloj fracciones que parecen muertas, martillando en su oído lo que no he podido dejar de decirme a mi misma.
Y para qué tanto empuje de porfía y coraje andino, si no voy más que a ciegas con esta vida. Tratando de que calce el juego que trato de jugar, pero arrastrando de cansancio hacía casa.
Que diera yo por esas tardes saboreando nombres de España, escudriñando por la red sobre Toro y espiando una tarde en Madrigal de las Altas Torres, mi primer asomo a que la realidad tenía un coladero en los sueños, que el cielo florido existía en algún lado, que tres horas desde Madrid a Salamanca eran como tres siglos de un lado al otro del mundo, pero que aún así, todo el amor que teníamos estaría intacto, perfecto, sólo reservado para amantes de nuestro calibre, de nuestra resonancia magnética en lo mullido de un campo o lo selvático de una cama, como si nunca hubiera habido entre él y yo ni un sólo trecho que salvar, ninguna verdad que descubrir porque todo estaba dicho y los corazones entendían mucho más que la razón.
No hay amor que supere ese amor, ni recuerdos nuevos que puedan borrar aquellos recuerdos. Seguramente, cuando esté muy vieja se me permita volver a abrazarlo, besarlo, sentirlo a mi lado por siempre, hasta abandonar este mundo, hasta que el polvo y la historia pierda nuestros nombres para siempre.
servido por Marcela
sin comentarios
compártelo
23 Junio 2009
No escribo mucho estos días, ya no escribo casi en ningún lado, ni para desaguar la salinidad de mis lágrimas o para reír.
Me he transformado en una mujer de negocios, seria y con la suficiente fuerza para enchuecarle el pulso a muchas cosas, a muchas latitudes que están tan lejos. Extraño mucho esos días en que me sentaba a escribir de todo lo que me pasaba por la cabeza y la vida, cuando ponía mi mirada perdida en la ventana y escuchaba a mis hijos con ruido de sus juegos y sus peloteras.
El debatir del día me atrapó y ahora tengo reuniones en hoteles de lujo y encuentros con otros empresarios, en restaurantes caros, donde nunca hubiera osado mi piñiñenta adentrarse y menos, sentarse a la mesa donde por cada respiro, ya te están cobrando. Pero la vida es lo que es y yo no me opongo a lo que estoy buscando hace tanto. Tanto quitarle el cuerpo a la inminencia del deterioro y la desubicación de que para cualquier cosa se necesitaban todos los contactos del universo y ahora, golpean a mi puerta los que buscan armar la fiesta, los proyectistas, los inversores, los dientes de sable afilado, porque les ha comenzado a calar el brillo de este metrosesentainuno.
No he hecho nada fuera de la forma dorada, simplemente he seguido siendo yo misma, pero con pinta de gerenta, regenta de la locura y la creativa bendición de que hace un siglo, tomé nota y además, escuché los aditamentos del negocio.
Parezco una misión inconclusa de Mister Trump y su Reality de empresarios, una enjundia criolla que no habla los tres minutos monologables del mentado programa, si no que hasta diez minutos por los codos. Es que de todas formas soy del Maule y por mucho meeting y mucha negocia, me corre la misma sangre de siempre, volcánica, dicharachera y loca.
No escribo mucho estos días, no me alcanza mucho el tiempo, pero aquí estoy de todas formas, entre uno y otro encuentro.
servido por Marcela
sin comentarios
compártelo
9 Junio 2009
Por más alunadas posesivas y fantásmicas elocuencias de la razón y la porfía, al final del despeñadero está la maldita opción. A o B o hasta C y D para simplemente coartarle a la quijada la mueca de dolor, o a nuestros ojos, el fulgor simple de una trivial alegría. Hablamos de que la vida es un campo de fundamentos y opciones, de baches y soles, de todo aquello que nos transforma y nos impulsa o nos ata y nos confunde. Sin embargo, cuando nos vemos enfrentados a la decisión, nos falla el pulso, nos tirita el aliento y el corazón desboca los torrentes, porque nunca sabemos qué vendrá después...o sí lo sabemos, pero siempre lo conocido es más palpable que lo que está por venir.
De ese lazo, viene la condicionalidad del camino, las faramallas de la conciencia y la culpa, apechugando la artificiosa conciencia de estar vivos e incómodos. Solos y trasgredidos por la ausencia, por la falta de todo imperativo y mutilación del ser. Entonces, cuando las alas crecen y podemos aventurar vuelos eternos, a mi por lo menos, me da para quedarme achaparrada en casa, sabiendo que lo que tengo no está mal, pero que no es todo lo que andaba buscando.
Ayer, en la tienda de Casa me di cuenta que mi habitación es un rectángulo ajeno, mi cama es un santuario roto con todo revuelto y el amor del sexo se disipa con una maldita radio, con un laxo cuerpo que pide distancias, malabares en la sombra de un cariño que está, pero que no llena todos los agujeros, que no rellena todas las tramas en mi corazón.
Ni siquiera es cansancio o fastidio, palpitación de un muerto, razón de un crimen. Es la prolífica vida que me da para todo, hasta para cuartear las horas, marginar el desespero, cortar las lazadas y darle nuevas sanguinarias alas al vuelo.
No temo lo que no conozco, nunca he temido por mi y mi metrosesentaiuno, ni siquiera por la integridad de mis creencias y sueños, no temo a estar sola, a vivir la vida de a bocados, a saltar distancias por la frenética razón de la sin razón, sin embargo, en estos momentos no tomo uan decisión porque no me apetece, porque es invierno y el frío congela mi espíritu, porque estoy dispuesta para otras realidades, para otros cursos de la marcha, para soñar a plazo fijo.
Vivir no es fácil, dijo mi peluquera anoche. La escuché con atención y mientras esperaba el resultado de mis mechas, consentí que eso era cierto, que la rosería el espinudo rasguñar las horas son parte del juego, del ensalmo bendito de respirar para seguir adelante.
servido por Marcela
sin comentarios
compártelo
1 Junio 2009
Cuando todo queda quieto dentro de mi, miro el vacío, el universo desterrado a unos fragmentos disipados, a una distancia oculta, a mi imaginación que me transporta lejos, muy lejos, casi al final de la línea recta, donde desaparece el tiempo.
Cuando ya no hay mucho más por qué luchar y a qué entregar las causas, vuelvo a mi nicho, a mi propio cementerio donde en realidad, nada ha sido enterrado, puesto bajo tierra, tapado con el polvo del olvido. No puedo olvidar y francamente, no quiero. Pero desafortunadamente, no tengo como volver a enhebrar viejos hilos que cuelgan, que penden atrás.
Me quisiera hacer el espacio y las temporalidades que me fastidian, para tomar el puto teléfono y llamar, recurrir a la palabra como siempre, para simplemente acallar mis ecos, tranquilizar el pulso, saber que nada cambia y permanece el reguero, la polvorilla combustible que aún ilumina el desaplome, las estrofas corridas de este gran cuento. Es sólo una materia de voluntad y porfía, de malograda metáfora en la conciencia, de prosa sanguinaria que no muere y no morirá nunca.
Si tuviera lo que no tengo, no me caben dudas que ya habría vuelto a actualizar el corazón, a bañar de fulgores este recuadro, a participar de una vida que ya no es mía, pero que de misma forma, me pertenece. Cruzado los límites y aterrizado estas letras donde hasta lo que no se dice, logra un sentido.
Me hace tanta falta el amor descuadrado de la sierra y el dolor perpeptuo del abandono por horas, por días y meses tan sólo por saber si respira, si mantiene en vilo los mismos recuerdos que yo guardo y aguardo, que yo participo en mis noches, en la trastienda de mi conciencia, cuando todo queda quieto dentro de mi.
servido por Marcela
2 comentarios
compártelo
24 Mayo 2009
Mayo largo y triste, largo y nuboso, largo y agotador.
Me siento frente a esta pantalla a desmenuzar las horas, los calibres de mis sentimientos, los perdidos días en que la felicidad estaba mucho más a la mano y tengo fé, porque la fe es lo que alcanza para llenar lo que venga, porque es la llamita prendida y no muerta, dentro de mi corazón.
Me gustaría invocar los embrujos de épocas pasadas, pero es tarde para la hechicería de mis ojos negros. No quiero dar mayores preocupaciones al entorno, pero obviamente, quiero arreglar las cosas de forma tal, que a todos nos convenga, sin empbargo, sigue siendo Mayo tremendamente aletargado sobre las nubes que no se mueven.
Y cruzan frente a mi palabras viejas de Castilla, nuevas verbos de Westfalia, rosarios y paradigmas, olor a jamones y moho. Todo el revoltijo de estos últimos años, para cobrar las latitudes acometidas por la pura loca y sanguinaria porfía de mi noble espíritu. De este acucharado tendón donde palpita el universo.
Veo a mis hijos y sé que son una razón para estar viva. No le temo a la soledad, porque he aprendido tantas lecciones y he validado mi voz por sobre otras voces. El amor suele ser una lotería de dobles o nada. Una fortuna inesperada que tal cual como aparece, vuelve a desaparecer.
Seguramente, después de todo el trajín, me va a quedar un viejo computador frente a mi parpadeo, hojas virtuales para depositarlo todo allí, en letras, en capiteles y resortes bulliciosos de una vida que han sido varias, de un destino que fue remodelando los paisajes. De un caminar que fue extendido sobre la tierra, de la forma más simple posible, pero nunca plana o achatada.
Hace mucho que no reconozco más límites que los que yo misma me impongo. Hace mucho que he dejado de endilgar mi cuota a otras expensas. Hace mucho que no me importa sonreír y llorar desde el mismo ángulo de la cama. Hace mucho que dejé de temerle a la muerte y que sobrevivo al hechizo del fin del mundo.
Mayo es el letargo de las últimas horas, de guarnición sin alegorías, de pasar al siguiente capítulo que por supuesto, será mucho más enjundioso.
servido por Marcela
3 comentarios
compártelo
20 Mayo 2009
Recuerdos que pierden en la memoria los años, recuerdos que me devuelven hasta el dorado color de los campos, cuando los abrojos abren y todo comienza a llenarse de armonías.
España de pie y maldita, como las flechas en mi corazón. Salamanca dorada y furiosa, arrancada de un verso egoista, porque nunca dió lo que estaba prometido.
La distancia parece eterna ahora, pero no lo es. La distancia es un límite vano impuesto para no soñar mucho más allá de las espectativas, pero que igual muere cuando el corazón viaja, cuando el corazón cruza los umbrales de lo terreno.
No es un sentimiento muerto, ni siquiera vaciado de las cavidades agudas de mi cuerpo. No es ni siquiera una osadía traer desde el recuerdo sus ojos o traer desde el ayer, su acento. Pero todo sigue estando donde estaba una hora atrás y por lo visto, seguirá estando donde está, porque así ha sido convenido con la fascinación de un beso, con una cama que ha dejado de ser un desierto, con las palabras que van llenando cada una de mis mañanas.
Entonces, regreso de la negación de un paisaje que ha sido sólo mío y para mi, esas distancias infinitas de la mirada sobre una sierra, esas huellas perdidas del camino que iba hasta Madrigal de las Altas Torres y Camino de Ledesma, el Tormes bullicioso y verde, el Duero cafeina y Toro sobre la colina. Ahí estuve yo y para no creerlo. Casi para no contarlo tampoco, con el pellejo de mi porfía, con el puro buche y las patas y un cuaderno de viaje por el que fui desangrando el corazón.
Es imposible no extrañar los olores y el viento afilado, el amor palpitante, el deseo libre al fin. Los aromas de un piso y los ruidos que se me fueron tornando tan familiares, que hasta podrían haber sido míos para siempre. Y no fue un sueño, fue real como el hecho de que aún puedo evocar esos días y esos sentimientos, traer desde ese tiempo una piel y un cuerpo que fue un cuenco junto al mío.
Ahí están, en la trastienda de mi pupila, donde nada se borra ni desaparece, porque es parte de mi, porque es parte de una primavera de Junio, donde el amor ingenuo comenzó a dar su primeros paso.
Un beso en la distancia, porque ya las palabras no llegan tan lejos.
servido por Marcela
sin comentarios
compártelo
16 Mayo 2009
De todas las brutas estupideces que a mi solita se me pudieran haber ocurrido, la última que se pudiera encajonar es la nueva menta filosófica. Cuenta con el apoyo de la empresa privada, universidades de prestigio y hasta un consorcio internacional, para que el nuevo gurú de la felicidad se aparezca frente a una masa de "felices" dispuestos a pagar 60 lucas por la gracia.
Si vas a ser feliz para siempre, el valor del dinero queda de lado y uno se puede encalillar. Total, si y el auto nuevo, la casa nueva, el viaje nuevo e incluso, las pechugas nuevas no dieron ningún resultado en el tablero de la felicidad, se puede probar con otra cosa que esté disponible en el mercado. Instantáneos manoseos en la autoestima, subida del ego, ajetreo del perdón y perdonarse las cagadas y perdonar a los que la cagaron. Hacer una lista de las cinco cosas por las que vale la pena estar vivos (incluida la risa de nuestros hijos y el que la vieja porfiada de mi abuela aún esté en este mundo) y vivir en teimpo presente, pero teniendo presente que no es para siempre.
Después de esta terapia, se esquilma al final de la línea y por cuarenta lucas más, el mismo gurú de la la felicidad le entrega su libro autografiado. Es tanto lo que cunde la idea, que ahora los países no están mididendo el producto interno y bruto solamente, si no que también los índices de la felicidad. Si tienes la guatita llena, el corazón indefectiblemente, estará contento (bueno, no tan llena que nos de una ataque y paremos las patas para no contarlo). Si están cubiertas nuestras primeras necesidades, deberíamos andar más cerca de la felicidad. Pero me ha tocado en mi vida, ver sociedades ricas, ampulosas y rellenas, donde la felicidad no prende, donde los hijos de la abundancia no parecen estar soportando la carga, donde ser felíz es tan difícil como lo es en un país del tercer mundo.
Entonces, vuelta a la vieja historia de la camisa del hombre más feliz del mundo. La prenda que envió a buscar un Rey, para asegurarse de que finalmente tendría todo, pero todo lo que merecía tener. Bueno, y la historia que no es más que un círculo, porque resulta que el hombre más feliz de la tierra, andaba en cueros. No tenía ni camisa, ni dientes, pero de todas formas se reía a mandíbula batiente, alegre, despreocupado de las pertenencias que no tenía, junto a su vieja, mirando puestas de sol y disfrutando de la lluvia.
Hay una corriente de optimismo generalizado que no se arraiga más allá de un par de frases hechas, un sustento de la algarabía que no resiste el tiempo, una felicidad de llegar y llevar, que asusta hasta la mejor elaborada campaña de Mall. No es que esté en contra de ser feliz, me encanta, me maravilla y nunca hice ni una sola lista para darme cuenta de las cosas simples y bellas que me rodean, no asistí a un congreso o debí comprarme un libro. La felicidad apareció en mi vida porque yo misma me empeñé que apareciera. Un largo y berrugoso camino, lleno de baches, llenos de charcas, lleno de flores.
Por lo tanto, la felicidad es parte de mi aprendizaje.
No creo que aquello que se promete en una caja y con cinta de raso, pueda transformarnos la vida, No creo en recetas o cursos de tres horas para aprender a ser feliz. No creo que porque comienza el mundo a medir felicidad con pipetas y elaboradas encuentas, logre darle un gramo de más brillo a lo que siempre lo ha tenido. No creo que nadie pueda dirigir las luces del pasaje, a menos que los ojos estén preparados para ver, para notar que el hombre más feliz del mundo nunca tuvo una camisa, nunca necesitó mucho más de lo que tenía, porque justamente lo más importante estaba a su alcance, allí mismo donde está al alcance de todos.
servido por Marcela
1 comentario
compártelo