El vestido nuevo
Hace muchos años que no usaba un vestido. Los dos ultimos que tuve, terminaron olvidados al final de un cajon, mas bien pagando la culpa de la osadia, que agradeciendo el hecho de haberlos usado en contadas ocasiones. Incluso, el vestido rojo fue la fallida promesa de una tarde de verano rumbo a Salamanca, pero finalmente, solo estuve en otoño, con mis pantalones y jeans.
Las promesas rotas, las flores del vestido olvidadas, la gracia de ser una mujer y usar los atributos del genero, casi en total abandono, hasta que por esas razones completamente antojadizas de la vida, esta primavera me vi enfrentada al hecho de que la operacion formal en la residencia del embajador, no aguantaba otra prenda que no fuera un vestido, o bien una falda.
No me hice de rogar tampoco, porque desde que llegue de vuelta a Chile habia estado buscando la excusa para volver a usar la prenda que finalmente diferencia muy bien a una mujer, de un hombre. Pero no la tenia, o al menos, no me sentia apta para intentar volver a pecar, como lo habia hecho hace años. Se me habia metido en la cabeza que mis piernas estaban horrorosas y que mi espalda no se veria bien en una solera de verano, que se yo, bajas en la autoestima que siempre se encargan de joderle a uno la vida y la dicha simple de andar de vestido por el mundo.
Pero como lo de la recepcion donde el embajador no ameritaba otra prenda, volvi a la tienda para comprarme mi primer vestido nuevo. Y no es que mucho haya cambiado desde que estoy usando vestidos otra vez, ni siquiera siento que haya variado mi estilo, pero hay algo en el animo jolgorioso de la bendita primavera, que se cuela refrescante por debajo del vestido, que deja penetrar mi animo y me vuelve adictiva al sol, a la libertad desnuda del verano que se aproxima. Y no se por que diablos los modistos, no hacen esfuerzos mas concientes de impulsar el vestido como prenda del sumun de la femeniedad y todavia se considera "clasico" aquel castrado trajecito chanel dos piezas, que hace que una se vea rectangular, fome y formal, como para no sobresalir, ni llamar la atencion de las miradas masculinas. Porque una mujer con vestido se ve desde lejos, sobresale de la muchedumbre y llena un espacio vital y sensual irreprimible.
Y en estos tiempos de decidida igualdad de genero, donde una mujer puede ser tanto o mas eficiente y exitosa que un hombre, no concedernos nosotras mismas el placer de un vestido es absurdo, porque entre mas trata una mujer de igualar a un hombre, tambien va desapareciendo su esencia, que son las curvas generosas, las piernas desnudas, la invitacion seductora de una sonrisa y la buena falda que se abre para alentar la imaginacion de un hombre. Una mujer no tiene mas meritos por usar mas pantalones, si no que por ser inteligente en todos los sentidos de su vida, y uno de ellos definitivamente, tiene que ver con el vestido.
En todo caso, y como ahora he declarado que la temporada es de vestidos, aun me gustaria poder rescatar del final de mi ropero aquel vestido rojo, el de la cintura ceñida y al tono con el calor incendiario de la Sierra, rumbo a aquel verano prometido.

