La Vendimia
La culpa sin duda, es de Matt Wilson, que con su Viudez del Vino http://www.mattwilson.cl/diary/2011/03/wine-widower/ me hizo recordar tantas cosas.
El final del verano, cayendo lentamente por entre las parras. Mi abuelo aoscultando los granos de la uva, el peso del racimo, mirando el cielo, escuchando la leve brisa del valle pasar por los parronales, cargando el aire de una esencia madura, sanguinolienta, apretujada, chisposa, necesitada de un par de rayitos de sol mas, para dar con el tinte y el justo calibre que iniciara la estacion.
Nadie se movia al final de la hilera, esperando la respuesta. Pero aun faltaba un par de dias, tal vez una sola buena tarde de sol calcinante y estaria. Tal vez un dia o dos a los mas, para comenzar la cosecha, para darle curso a la vendimia.
No habia fiestas ni parloteos de viejas. La espera se hacia a la sombra del saguan, debajo de los sauces, metidos con las patas en la asequia, para espantar la calor y a los tabanos. Era la tensa espera, mientras los pingos de los capataces, espantaban las moscas y comian su racion, sin muchas ganas. Era el silencio obtuso e impuesto, en la fila de los peones, donde se liaban los cigarros en hoja de diario, donde solamente se aguardaba por la orden, por el grito destemplado de la epoca de vendimia.
No habia poesia ni romantico embuste, tal vez el Rosario tratando de agarrar a la Jacinta, cuando mi abuela la mandaba a buscar alguna cosa a la despensa, pero no mucho mas de algarabias, porque todos estaban a la espera.
Mi abuelo, que partia en su caballo El Perla, dis que a revisar los ultimos cuarteles, a ver como iban madurando las parras blancas. Pero para que le ibamos a sacar el traste a la jeringa, si la realidad era que se pasaba a la casa de la Rosa Jaramillo, la puta mas solicitada en tiempos de cosechas. Alla, le servian las ultimas copas del enguindado del casorio de la hija del herrero. Cualquier cosa era buena, para espantar del tiempo, esa calma espesa.
Si Dios queria, podiamos estar una semana con todo ese gentio acampando de sol a sol, en el patio de la casa. Escuchando el murmullo marchito de los peones, las risotadas destempladas del Tres Dedos o el Diente de Vieja, el farfulleo melindroso del Rosario, esta vez tratando de conseguirse a la Maria, mano derecha de mi abuela, que habia sido dejada de encargo, mientras su Paire iba y volvia del Sure. Nunca volvio, pero no hacia falta. Mis abuelos se encargaron de bautizarla, de darle afecto y comida y de procurar que ningun ganan de mala fusta, se le arrimara. Y ella, que era seca y tieza, no permitia que ningun tipejo se hiciera el gracioso. Vaya a saber uno como fue que cayo con el Farmaceutico, y despues de un torrido y insospechado romance, mi abuela la descubriera embarazada y de tres meses, tratando de fajarse el bultito. Igual que su Paire, la Maria dejo a la criatura al cuidado de mi abuela, y nunca mas volvio a buscarla. Y ni falta que hacia, porque antes de la Vendimia, habia tiempo para todo.
Pero como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, el bendito dia llegaba, siempre llegaba y quedaba el alaraqueo y la estampida de perros, cuando el Capataz mayor pegaba el grito de que comenzaba La Vendimia. Y Dios nos libre y nos pillara confezados, porque ahi si que la bucolica paz del Fundo La obra, se iba a la porra.
Amanecia cada dia mas temprano, con el fin de cosechar antes que el sol sobremadurara, antes de terminar cosechando uvas pasas, arrugadas como una vieja sin dientes en misa de la tarde. Afuera de la cocina se acomodaban la ruma de galletas, y los ficheros. Una pila de monos y el anotador, que justamente anotaba el nombre del cosechador y al final de la jornada, entregaba las fichas segun la cantidad de monos llenados y vueltos a rellenar. Mi abuelo, gritando a latigazos que esto y lo otro y mi abuela en la cocina, dirigiendo un ejercito de cocineras, que curiosamente, solamente cocinaban para los capataces. Mi abuelo otra vez, cebandose un mate de pie, mientras daba mas ordenes que un General en tiempos de guerra. Con malas palabras para todo el mundo, excepto para las damas de la cocina.
Todo duraba una semana, dos semanas, un mes, dos meses y cuando las cosas estaban dadas, comenzabamos a finales de febrero y recien en mayo, veniamos a levantar cabeza, a sentir que la vida era algo mas que esa refriega diaria entre las parras. Yo tenia un canasto de mimbre y por cada uno que llenaba y iba a dejar al colozo, me regalaban una ficha, para que me comprara lo que quisiera en la Pulperia del fundo. Pero yo preferia darselas a la Maria, para la guagua, para que le comprara ropitas o un juguete. Era feliz, arrastrando mi canastito lleno de uva, corriendo con los hijos de los peones, tomandole la mano a mi abuelo, cuando con paso ligero iba a darle una vuelta a la bodega. Era feliz de verdad, juntando las fichas para la Maria y su guagua.
Nunca hubo una Fiesta de la Vendimia al final de la temporada de cosecha. La estacion iba pasando y lentamente, iban quedando menos peones, menos afuerinos iban dando jugo detras del saguan, curados de tanto hecharle la probadita a los primeros mostos. No habian Reinas, ni chiquillas en poca ropa, animando con sus gracias un proscenio. A lo mas, y cuando mi abuelo estaba de buenas y la vendimia habia andado bien, una misa, con el cura del pueblo. El unico estruendo que teniamos, era el cielo crujiente y relleno de nubes y las primeras lluvias de Mayo o Junio. Luego venia la guarda, los pampanitos colgando de la parra, la poda, los sarmientos, el amarre, los renuevos, el deshoje, la azufrada, los chonchones para evaporar la helada, los surcos, el verano, el sol y la orden de Don Lucho Toro, para comenzar nuevamente otra temporada de vendimia.

