El año que no fue
Comprender los significados de la vida, es complejo a veces. Uno no logra darse cuenta de que nada tiene un plan prefijado y por más que uno apunte la brújula chueca al norte del corazón, terminan rotando en otros sentidos.
El amor, la gran y manida excusa del sentimiento. El amor no con la cabeza, con la fuerza del corazón que es capaz de cubrir distancias, saltar continentes, cubrirlo todo con su insultante y atrevida capa. Desobedeciendo las órdenes escritas y los compromisos anteriores. y uno se enamora y lo deja todo en suspenso por ese amor. Incluso hasta el último palpitar en la sombra del silencio. Pero todas las respuestas tardan, para finalmente llegar a puerto y desembarcar el contenido. Y ahí está la verdad, que nada tiene que ver con el puto amor de las mareas y los vuelos, de las noches en vela y del alma partida en dos.
La verdad, como una noble espada que separa los sueños de la realidad y nos devuelve la sangre a las venas. Arrastrando la pena de las evidencias, del amor cobarde y pequeño que no responde, que no se arriesga ni siquiera por todo lo que dice que amó.
Y de esas historia está tapizado el camino de ida y regreso. La noche silenciosa en las alas de un vuelo, y la pena profunda de saber que el capítulo estaría escrito por la letra de los nuevos hechos. Yo podría escribir una novela y aventurar los pasos a un apelícula con mi propia historia particular, del año en que no fue el amor. Tanta lágrima y tanto espasmo en las costillas, para comprender lo que entendí al segundo día en la Sierra, mirando las confusas aguas del Duero. Confusas, como mis pensamientos, de que me jugaba las últimas horas para conseguir que el amor me persiguiera, me rondara, me pidiera a gritos que nunca lo dejara ir. Pero nada. Ese silencio helado y lacerante de la noche, El Rivera Letelier a mi lado, apuntalando los trozos de mis corazón. Un cuarto casi siempre vacío y mi llanto cubriendo las sábanas, donde horas antes habíamos estado tan juntos.
Mi historia no da para ser publicada siquiera. Debe ser la historia de tantos, repetida y vuelta a repetir una y otra vez. La mujer que amó, el hombre que amó. El matrimonio incorruptible y el anillo siempre brillante en su anular. Así, el cuento da para tragedia y para terminar colgando del fondo del patio, del mismo álamo de donde se colgó mi abuelo paterno. O bien, para aprender de a poco que la vida no termina, ni siquiera cuando las dagas se clavan, en el medio del corazón.
Yo no sé como sobrevivi esos terribles y solitarios días. Ni como dejé pasar las horas a la luz de la noche. Ni como pude reponerme y continuar sonriendo, a pesar de saber que el amor de mi vida, ya no me quería. Porque por más que me lo hubiera dicho, escrito y repetido, no podr{ia darle crédito a sus palabras tan vacías, cuando no quedó ni un mísero rastro, de la confianza que creía que tenía en mi.
Pero la vida tiene misteriosas maneras. A ratos tiene mejores sorpresas de que todo puede ir siempre mejor. En el fondo de la agonía, escribí que lo único que esperaba, era que un hombre se la jugara por mi. Corriera todos los riesgos y saltara todos los espacios, cubriera todas las mareas y buscara las maneras de estar junto a mi. Y escrito y testamentado a menos de un mes de esas palabras, el tipo estaba tocando a mi puerta, dándome la mano, sonriendo junto a mi.
El lunes cumplimos 3 años juntos. Que en tiempos divinos pueden parecer muy poco, pero para nosotros han sido la vida. El descubrir, aprender, soltar y dejar que el curso de los vientos fije su horizonte, que la única manera de vivir el aguacero, es juntos, de que al final de la vida, vamos a estar juntos, soñando , discutiendo, creando, pero juntos.
Entonces, hoy después de tanto tiempo el amor de mi vida, no es aquel que quedó en la cima de una loma, con sus ojos tristes mirando como me iba, para ya no volver nunca más. El amor no es perfecto, nunca esperé que lo fuera, pero no me había dado cuenta hasta ahora.

