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21 Junio 2010

La Noche larga

Hoy es la noche más larga en Chile, donde el invierno recala y no deja en paz con el frío, la lluvia y el viento. Para mi junio es la invernadera más pura y sagrada. Donde mirar para el campo da hasta pena, con los árboles pelados de hojas y todo de un tono gris, melancólico y austero.
Hoy es la noche larga, donde las viejas cuentan cuentos de aparecidos y de lamentos que se escuchan de las madres, que han perdido a sus hijos al cruzar el río, que se ha llevabado todo, potreros, ganado, casas y hasta las parras de las viñas.

Luego de esta noche, los Mapuches celebran el año nuevo, con rogativas para preservar las cosechas, para salvar de las heladas las plantas, para invocar nuevamente a los Dioses que como animales, vagan por el mundo cuidando de los mortales. La Machi va a subir al Rehue y desde las alturas, va a entonar ese canto casi vocálico, en la rogativa eterna de pedirle y pedirle a la tierra. Va a lanzar el chorro de chicha dulce, y va a invitar a los participantes a circular con los frutos que la naturaleza trajo en el el último otoño. Manzanas, naranjas, coliflores y ají cacho de cabra, ademas de las chalotas, las cebollas, el perejil y como no, los piñones, para hacer catutos irreverentes de untar con miel de abejas, dulce de frambuesa o merken, así purito, para condimentar el alma que hace frío.
Los chanchos cebaditos estarán en la mesa, con las sopaipillas, el licor de oro y las castañas humeantes. No va a faltar ni las papas, ni el trago. Vino rudo de allá de Quillón o bien, dulsón de Cauquenes, para las almas más en pena. La chicha de manzana y de uva, el navegado con naranjas y clavitos de olor, para despejar los bronquios y el encebollado con huevos, para afirmar la guata, con unos chicharrones de cerdo enroscados y el queso de Chanco o de Curanilahue. Mate de leche, con miel o con aguardiente y la sopa de porotos, para los que lagrimean la noche, porque hace frío, mucho frío.

Es la noche más larga, la de la oscuridad que atrapaba a los diablos que salen a buscar por los caminos, a la china que calienta la cama con un ladrillo puesto debajo de las sábanas, después de haberlo calentado en el fogón que nunca se extingue. Es la noche de los hombres a caballo, rumbo a los corrales, mientras la manta de Castilla estila, mientras no hay pájaro que anuncie desgracia, porque está tan frío, que ni la muerte se alienta a ir a buscar víctimas. Es la noche más noche de todas en ese universo que permanece abierto para mi, que recuerdo tan bien de cuando era una niña y mi abuela me pedía que rezara doble, porque como era la noche más larga, los ángeles se olvidaban de todo lo que había que hacer.

La noche agrietada en la zuela de los zapatos que cubrían el silencio de la calle, con su crujir y pujar por entrar a escondidas a la casa de la amante. La que velaba en la penumbra de la puerta y tomaba los hombros de su amor, para desprenderlo de las ropas, para apurar el apuro y perfumarle la boca con un beso. Para dejar el chal en el suelo y ahí mismo en el umbral, subirse las enaguas y hacer el equilibrio. Que la noche más larga de todas, no daba para ir a rondar en la cama, cuando la esposa aguardaba asustada, rezando el rosario. La noche en que los barrotes de la ventana se hacían eternos y las trancas de las puertas dejaban afuera al cuco, al malandrín que intentaba ir a pelliscarte los pies. La noche de los guateros envueltos en un paño y la fragilidad de las narices de crital de las niñas, cubiertas por el reboso.
La noche larga y agreste donde el río volvía a bramar, a arrancar a dentadas las orillas, a llevar consigo las piedras, hasta el mar que alejaba las mareas, porque ni siquiera se sabía de la luna.
La noche que revolvía en los escombros del bracero, hasta los últimos instantes, hasta que la lluvia perforaba las techumbres y no quedaba otra que hacerse el aguita de anís, para capear el insomnio y la oscuridad. La noche donde una vela aguardaba a que el día aclarara, hasta escuchar el canto del gallo que no cantaba nunca, porque la oscuridad no cedía paso al día claro.
La noche que adelantaba a San Juan de las buenas peras, con sus ritos de papas y tintas chinas, a los Santos del Cielo Santo, que comenzaban a celebrar, con cazuelas de pava y chuchoca, con estofado de zapallo y papas con vacuno y terminaban en la eterna tomatera de chuicos y damajunas bailando una cueca, mientras las Chuchitas cantaban a todo pulmón.

La noche que anuncia el inicio del invierno, pero también la muerte lenta del mismo, que allá por agosto, va a tener sus días contados, porque pronto y pasando los volantineros festejos de Septiembre, va a tener que darle paso a la primavera, quiera o no quiera.

Hoy es la bendita noche más larga, al sur del mundo.

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