Verbo Ser
La mala estrategia del sueño y el largo camino para redoblar la bruma, hacen eco en el horizonte azul de la mañana. Mis pies se empinan, por sobre los metódicos rectangulares de la piedra pizarra y mis ojos pajaretean los pocos rectángulos de verde, que se le escapan a la calle.
Es el otoño, como siempre carne para mis entrañas y vuelo para mi pluma. Con este método tan desorganizado del escribir, dejar y volver a hacerlo. Pero con una regularidad casi emblemática. Todo surge a través de los días de otoño, cuando los últimos fragores del verano, dejan de ser tan lacerantes, cuando una cierta melosidad va cobrando su espacio y los ritmos son más plácidos y más austeros.
Debe ser que a mi me tranquiliza el aletargamiento de los días y logro volver a mis largas caminatas, sin el apuro del so,l a punta de latigazos sobre mi piel. Este estado de movilidad y resonancia, acompaña a mi necesidad de volver a sentarme frente a la pantalla de mi computador, para simplemente refrescarme el cuerpo, lanzar al vacío las ideas y sin respirar siquiera, comenzar a darle cuerpo a la nueva prosa que se instala, al nuevo fragor plumífero que hace arder mi intelecto.
Así ha sido desde hace muchos años, para dejar el verano en paz y dedicarme a puras vanalidades, tan buenas para aligerar el espíritu.
Bueno, este verano no ha sido una maravilla, pero más vale recordar lo que dio impulsos, que lo que dejó el deseo bajo la tierra. Más vale apretar la mano amiga, que volver sobre los pasos del engaño. Las lecciones han sido aprendidas y los estados del alma, transitan nuevamente para crear la realidad que se me antoja.
Entonces, el aquietar el pulso indica la premura del verbo. Acuartelar el sentido y dejar salir nuevamente los latidos, arrasados de llama y vertiente, de valor y aventura. Porque desde acá, se despacha el ego y se deja atrás la duda, el temor a no achuntarle a ninguna.
No considero que mi vida sea un desacierto, es lo que es porque a mi me ha interesado que así sea. No pinto con los mismos colores, lo que otros llamarían opaco, porque he aprendido a valorar tanto lo nimio, lo pequeño, lo silencioso, que me siento muy bien atrapando volutas de un gran sueño y luego, envalentonando las alas para volar.
Puede ser que todas las contradicciones que me acompañan, confundan al oponente, pero me importa un bledo, porque nunca le he pedido prestado a nadie para ser feliz, simplemente lo he sido.
La maravilla de volver, es justamente esa, volver a hacer todos los intentos.

