Las verdades de un corazón
Quizás las verdades son ambivalentes, dependiendo de qué lado se esgriman, se pueden dar distintas interpretaciones y mezcolanzas, abreviaturas y pajeos varios, absolutismos y espejismos. La verdad absoluta no existe, sólo tenaces intentos de esgrimir nuestra verdad por sobre otras verdades.
Dejando atrás el eufemismo y la pedantería, de que nadie puede exhibir toda la verdad desnuda, hago la salvedad de que yo creo que la verdad de un corazón, vale por mil. Por ahí no entra el filtro de la conveniente realidad, o la conveniente salvedad, no se trasvasijan los verbos para no herir egos y no se escatima la sangre, por no dejar estropicios en el camino.
Uno va y siente, con el palpitar culposo o bien, gustoso, por haber sentido y vivido bajo ese mismo sentimiento. Entonces, nuestro muscular latido guarda dentro de si, la única verdad que vale la pena decirnos.
El amor se arma de imposibles, derrotando todos los límites y luego, la realidad salta empachada y trágica, para devolvernos al interior del sentimiento, para encaracolarnos y perdernos por los caminos de la vida. Nos abandona a nuestra puta suerte y lo único que resiste la borrasca y el estruendo, es nuestro apretujado corazón.
Entonces las verdades pierden la máscara y quedan en voraz evidencia los sentires, la carne en viva frescura, expuesta al viento y a la gelidez del olvido. Abatida en una cama, muerta de terror por finalmente estar sola, dando de pie batallas para las cuales nunca la vida me preparó.
Hay un dolor tan certero y consiente que ni siquiera la distancia adormece las heridas que sangran, el dolor que fracciona el latir, la violencia de haber perdido los sentidos, pero el corazón lucha por sobrevivir, por pulsar la vida por las venas que vacías, decantan las últimas gotas de una sangre de versos.
En realidad, una nunca sabe cuando va a estar de vuelta, cuando el dolor va a sanar y las heridas dejarán de arder en el alma. Una no recobra la esperanza hasta que nuevamente el corazón apunta y despunta sin límites, sin prisa y sin rencor. No es que me vaya a hacer más sabia, de hecho, creo que sé bien poco y carezco de las anuencias, para no volver a echar a perder todo. Pero no pretendo ocultarme de mi misma, de abollarle el discurso a los que sólo discursean y no sentir lo que siento, porque pareciera ser que no está bien.
Mis convicciones son finalmente, solo mías. Mi existencia me pertenece y un corazón que de verdad ama, nunca muere.
Las verdades podrán ser infinitas, pero la que me retoca a mi, es única, intransferible. Basta con que yo lo sepa y lo vuelva a saber. Es como declararme independiente y hacerme responsable de mi. No hay deudas impagas, no hay motivos fraudulentos y mi pecho guarda los mejores recuerdos.




morfeo dijo
Un gran post, sin duda la única verdad es la que dicta nuestro corazón, pero a veces somos tan tontos que solo escuchamos a los que están a nuestro alrededor.
Un saludo
19 Enero 2010 | 09:10 PM