El Rulo
Entre la carretera 5 Sur y las cumbres de la cordillera nomenclatural, de una costa que ni se avista y que con dificultad uno percata en la distancia, atravesando el Río Loncomilla y acercándose a Cauquenes, en el medio de la nada estalla el Rulo.
Llano lamento del agua egoista que no baja nunca del cielo, de los espinos apuntando a las nubes que pasan y no dejan nada más que la esperanza de la lluvia, de los pajaritos cantores revoloteando en el pasto casi seco y de las parras en cabezuela, de la País que acá domina el paisaje, que marca la vida y llena artificialmente de líquido rojo, la necesidad de calmar la sed.
Es el Rulo extendido sobre Caliboro y Melozal, desde la punta del cerro Gupo y hasta la orilla del Loncomilla, por sobre las expectativas de la vida, de los caserones de teja y barro y de la piel rugosa del tiempo, entre la soledad y el astío de eternidad.
Mientras en la distancia, el polvo se levanta al paso de la vieja Ford de mi abuelo, carretiando entre viñas de País y Carignan. Con un canasto de mimbre con huevos y gallinas, con el termo de mi abuela y la manta de castilla. Mis ojos negros salpican el paisaje de verano, de calor insoportable y de higuieras fresquitas en que me regalan un vaso de agua de vertiente, heladita por el mismo refrigerio de la naturaleza. Mi abuela que me saca las chalitas y el río que corre bajo mis pies. Cuando la siesta de mi abuelo se termina debajo de unos sauces lloriquiadores, volvemos al camino y seguimos visitando a sus amigos, los dueños de héctáreas de soleaduras y viñas, de casas de adoquines y fuentes de aguas escondidas en la falda de un cerro, de los productores de carbón de espino y de los hornos para cocinar afuera, debajo del parrón y la enredadera.
Es el verano de 36 grados a la sombra y la imposibilidad de que nada de agua socorra los campos. De la chupalla florida de mi abuela y del ceño asegurador de mi abuelo, que le indica a sus amigos, que no desesperen por las parras. El clima siempre ha sido el mismo maldito infierno y los vinitos salen calduos igual, para el principio del otoño. Y por mientras, aguantarse las calores y los desesperos, que la vida siempre ha estado marcada en el Rulo por el agua, o más bien, por la ilusión de ella.
En Junio desborda el Perquilauquen, llevándose la casa de Doña Refugio y dos de sus vacas, pero dejándola intacta como los álamos llenos de hojas. Las perdices asadas al horno de palos de maqui, se bañan gustosas con un navegado de la estación mojada, hecho con las naranjas amargas y chicas del naranjo de Don Pedro.
El aguardiente destila en la trastienda de la bodega y mi abuelita alegra sus mates de leche con la segunda esposa de Don Segundo, mi abuelo se ríe y paladea las tiernas carnes de un chanchito nuevo, hecho en el fogón de la casa de Don Eustaquio.
Una amiga artista de la familia llega a cantar unas cuecas y cuando cae la noche, Melozal cruje con el viento y la ráfaga de lluvia que atraviesa el campo cantarín de felicidad.
Salimos a los dos dias de la casa de los Morales, tirando la vieja Ford con una yunta de bueyes, con dulce de higos y vino joven agazapadito debajo de la manta de castilla. El barro en las botas de agua y los bototos de mi abuelo, andariegos por los terrones desechos con el agua.
Siempre el Rulo vuelve a cumplir los ciclos y abandonamos el camino de tierra y las 21 vueltas mareadoras. Llegamos a San Javier a media tarde, cargando el ruido de las gotas, el color del paisaje reverdecido al fin, por la lluvia.
Volver atrás para saber que avanzo. No es una ilusión, lo juro. Ahí está el ancla de este corazón tan bullicioso, ahí está el Rulo con su calma, apuntando a mi cabeza.

