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La Coctelera

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5 Julio 2009

Nunca leí a Onetti

Puede sonar de pecaminosa abulia el no haber leído nunca a Juan Carlos Onetti. O tal vez, una más de tantas cosas que habrán pasado por mi lado y que yo nunca vi, como esas películas que muestran una escena que ocurre y deja de suceder en cuanto el protagonista aparece, en su total opacidad de que nada pasa en ese pueblo de los mil demonios y por lo tanto, enciende un nuevo cigarrillo y busca el primer bar disponible, para intoxicar el espíritu con que algo va a ocurrir, tarde o temprano, en la Villa de los sueños estropeados.

Yo recuerdo haber visto películas increibles en blanco y negro, cuando el calor arreciaba en el patio de la casa de mi abuela y el corredor remodelado, con sus sillones de cuero blanco y frente a un televisor de tubos, era el refugio imperfecto para una niña de 10 años, que prefería ver divas de un cine cincuentero, que seguir jugando a las muñecas.

Siempre supe que las mujeres no eran una especie de género bruto y desaliñado que lo único que hacían era vivir del maquillaje y las batas de satín. Las divas cinematográficas de los cincuenta estaban siempre regias, pero sufrían lo indecible, con maridos díscolos o alcoholizados, con amantes fortachos y totalmente idiotizados con peleas de box, con artistas fascinantes, pero tan complejos en su personalidad, que ellas no sabían si seguir adelante o si bien, marcharse en un avión que despegaba en pleno bombardeo.

En esa época de divas con un Chanel de dos piezas y de falda larga como sus piernas, de vámpiresas del celuloide con un largo cigarrillo ahumando la escenografía, con esos chaisse longe donde se depositaba la fragilidad de la protagonista, las mujeres solían estar casadas para siempre. Así les hubiera tocado un rufían, un acomplejado, un estupendo pero atormentado rubio de ojos pardos o un demonio que se encerraba a escribir por meses. Eran películas estupendas, pero las mujeres más preciosas del mundo, seguían atadas al casamental de un marido como las pelotas y por lo tanto, arrastraban su pena y su dolor entre salones de baile con trajes largos, en viajes lujosos en trasatlánticos, con el último grito de la moda, abordando aviones donde existía sólo primera clase, caviar y champagne para destornillar la sufrida sentimentalidad de la historia.

Era absorvida en esos mundos de oropeles y papel maché super bien disfrazados hasta con una Torre Eiffel de recorte de revista, que parecía real. Nueva York era el escenario de grandielocuencia Art Decó y Art Nuveau, mientras los arrabaleros vecindarios de Chicago tenían ese trágico tinte de burdel y mafia.  Europa estaba siempre en sombreada y oscura melancolía, porque al parecer el presupuesto no alcanzaba más que para unas cuantas tomas, entonces en una persecución en vehículos, inevitablemente pasaba por el mismo kiosko de revistas o el mismo cafecito parisino, como unas diez o veinte veces.

La vida era simple para mi, no así para las super divas que tarde a tarde se debatían entre una integridad de pacotilla y una vida de sacrificios por llevar adelante sueños tronchados de antemano. Por vivir en una normalidad que era totalmente anormal, en un sorteo de que el amor nunca salva a nadie y la vida se vive, a duras penas entre bastidores y finales que de feliz tenían el puro jugo de frutas que me preparaba mi abuelita, o los helados de La Real que traía mi madre.

Es por eso que nunca leí a Onetti, porque después de las películas, a mi me agarró Puig y sus besos a una mujer arañítica llena de requiebros, enfundada en boas y pieles de martas Siberianas, altares del amor con las sábanas de rojo satín más cursi de la literatura, mariconcitos refinados y muriendo de bronconeumonia, mujercitas destrozadas por la puta realidad a la vuelta del teatro, porque la vida era una mierda y media.

Me enamoré de la loca y genial disfunción literal de Manuelito, con su pañuelito de seda al cuello y sus mujeres absolutamente pintarrajeadas, hermosas y tristes, con su trasfondo de película de los cincuenta donde nadie estaba para darle bola a un caballero de mal humor, que escribía una y otra vez que la vida es una eterna derrota, una segundera de llegar placé a todas, sin divas y hombres refinados, viendo morir la tarde por el ventanal del boungalow, mientras sus cigarros se extinguían al igual que la esperanza de ver el final feliz de la historia

Debe ser por eso que nunca reparé en Onetti, demasiada realidad sin decoración artificiosa de pelicula de los cincuenta. Tal vez ahora tenga la ocasión... aunque Manuel seguirá estando primero en mi lista.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Pablo Cáceres

Pablo Cáceres dijo

Tengo una teoría respecto a los Libros que leímos y aquellos que jamás leímos. Primero, el eterno debate filosófico de si la vida es un absoluto libre albedrío, en la cual somos arquitectos de nuestro propio destino o si la vida está ya escrita de antemano y nuestros destinos encaminados por el capricho de los dioses, si es que existen. Cabe otra posibilidad de tirar estas dos ideas a la juguera y resultar un poco de libertad y un poco destino escrito. Pero volvamos al tema de los Libros. Creo que así es nuestra relación con ellos. A mi me ha pasado que he conocido Libros porque como que me buscaban, aparecian una y otra vez coqueteándome, como para que los leyese. Otros cayeron a mis manos sin querer. Otros ni siquiera sé porqué los leí. Algunos Libros pueden cambiar nuestras vidas, nuestros destinos, nuestros amores... a veces pueden ocasionarnos problemas, otras nos pueden ayudar a salir de algunos problemas. Es un misterio. Para mi, los Libros son mágicos, los Libros que han conectado conmigo me han hecho viajar en el tiempo. He leído solo 1 Libro de Juan Carlos Onetti ("Tiempo de Abrazar") y lo leí hace tanto tiempo (más de una década), que ya ni me acuerdo de que se trata. Pero lo volveré a leer, o sea, lo releeré, porque sé que es bueno. Y si se me hizo difícil de leer, creo que ahora ya no tanto. Por si acaso, estoy comenzando a releer El Quijote. La verdad, nunca lo leí bien y disfruté algunos pasajes. Ahora lo estoy comenzando a disfrutar. Los Libros tienen su tiempo de maceración, como muchas cosas en el Universo.

23 Julio 2009 | 06:56 AM

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Vivo al otro lado del mundo, reviso a diario mis mails (tengo 3) y sólo me encuentro con mensajes del estilo "homus erectus", "gánate la green card" o "saving loands". No creo estar tan sola porque soy muy divertida, inteligente y creativa, además que puedo hablar de cine, literatura, viajes, vinos y la vida. Espero que crucen la barrera del teclado y retroalimenten este espíritu inquieto. Creative Commons License
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