Una tarde mirando Madrigal de las Altas Torres
Extraño ese contacto terrible de meseta y soledad, de un verbo abierto y sus ojos verdes, lindos reflejos de un alma que es imposible olvidar. Extraño su acento de vez en cuando, cuando llamaba furtivo desde sus territorios, desde sus caminatas sabatinas para perderse y fundirse en la distancia con un cuerpo, con un retamo florido del final del mundo.
Extraño abrir mi correo y que ninguna de sus letras aparezca, que ninguno de sus miedos y sus gustos replete mis días, ni que el sonoro cascabelear de mi risa complete distancias. Lo extraño tanto a pesar de estar embarcada en otro océanos, a pesar de haber cerrado el cuenco de mi corazón, por no querer desangrarlo en el olvido, en la malparida latitud de las realidades. Frías y yermas angustias de silenciar los ecos, de castrar las ilusiones y la velocidad de un amor.
Para qué diablos engañarnos con que tengo algún resurtidero a la mano, si lo único que me queda es llamarlo. Pero ni siquiera tengo como hacerlo ahora, descontando al reloj fracciones que parecen muertas, martillando en su oído lo que no he podido dejar de decirme a mi misma.
Y para qué tanto empuje de porfía y coraje andino, si no voy más que a ciegas con esta vida. Tratando de que calce el juego que trato de jugar, pero arrastrando de cansancio hacía casa.
Que diera yo por esas tardes saboreando nombres de España, escudriñando por la red sobre Toro y espiando una tarde en Madrigal de las Altas Torres, mi primer asomo a que la realidad tenía un coladero en los sueños, que el cielo florido existía en algún lado, que tres horas desde Madrid a Salamanca eran como tres siglos de un lado al otro del mundo, pero que aún así, todo el amor que teníamos estaría intacto, perfecto, sólo reservado para amantes de nuestro calibre, de nuestra resonancia magnética en lo mullido de un campo o lo selvático de una cama, como si nunca hubiera habido entre él y yo ni un sólo trecho que salvar, ninguna verdad que descubrir porque todo estaba dicho y los corazones entendían mucho más que la razón.
No hay amor que supere ese amor, ni recuerdos nuevos que puedan borrar aquellos recuerdos. Seguramente, cuando esté muy vieja se me permita volver a abrazarlo, besarlo, sentirlo a mi lado por siempre, hasta abandonar este mundo, hasta que el polvo y la historia pierda nuestros nombres para siempre.

