Después del viaje
No escribo mucho estos días, ya no escribo casi en ningún lado, ni para desaguar la salinidad de mis lágrimas o para reír.
Me he transformado en una mujer de negocios, seria y con la suficiente fuerza para enchuecarle el pulso a muchas cosas, a muchas latitudes que están tan lejos. Extraño mucho esos días en que me sentaba a escribir de todo lo que me pasaba por la cabeza y la vida, cuando ponía mi mirada perdida en la ventana y escuchaba a mis hijos con ruido de sus juegos y sus peloteras.
El debatir del día me atrapó y ahora tengo reuniones en hoteles de lujo y encuentros con otros empresarios, en restaurantes caros, donde nunca hubiera osado mi piñiñenta adentrarse y menos, sentarse a la mesa donde por cada respiro, ya te están cobrando. Pero la vida es lo que es y yo no me opongo a lo que estoy buscando hace tanto. Tanto quitarle el cuerpo a la inminencia del deterioro y la desubicación de que para cualquier cosa se necesitaban todos los contactos del universo y ahora, golpean a mi puerta los que buscan armar la fiesta, los proyectistas, los inversores, los dientes de sable afilado, porque les ha comenzado a calar el brillo de este metrosesentainuno.
No he hecho nada fuera de la forma dorada, simplemente he seguido siendo yo misma, pero con pinta de gerenta, regenta de la locura y la creativa bendición de que hace un siglo, tomé nota y además, escuché los aditamentos del negocio.
Parezco una misión inconclusa de Mister Trump y su Reality de empresarios, una enjundia criolla que no habla los tres minutos monologables del mentado programa, si no que hasta diez minutos por los codos. Es que de todas formas soy del Maule y por mucho meeting y mucha negocia, me corre la misma sangre de siempre, volcánica, dicharachera y loca.
No escribo mucho estos días, no me alcanza mucho el tiempo, pero aquí estoy de todas formas, entre uno y otro encuentro.

