Decisión
Por más alunadas posesivas y fantásmicas elocuencias de la razón y la porfía, al final del despeñadero está la maldita opción. A o B o hasta C y D para simplemente coartarle a la quijada la mueca de dolor, o a nuestros ojos, el fulgor simple de una trivial alegría. Hablamos de que la vida es un campo de fundamentos y opciones, de baches y soles, de todo aquello que nos transforma y nos impulsa o nos ata y nos confunde. Sin embargo, cuando nos vemos enfrentados a la decisión, nos falla el pulso, nos tirita el aliento y el corazón desboca los torrentes, porque nunca sabemos qué vendrá después...o sí lo sabemos, pero siempre lo conocido es más palpable que lo que está por venir.
De ese lazo, viene la condicionalidad del camino, las faramallas de la conciencia y la culpa, apechugando la artificiosa conciencia de estar vivos e incómodos. Solos y trasgredidos por la ausencia, por la falta de todo imperativo y mutilación del ser. Entonces, cuando las alas crecen y podemos aventurar vuelos eternos, a mi por lo menos, me da para quedarme achaparrada en casa, sabiendo que lo que tengo no está mal, pero que no es todo lo que andaba buscando.
Ayer, en la tienda de Casa me di cuenta que mi habitación es un rectángulo ajeno, mi cama es un santuario roto con todo revuelto y el amor del sexo se disipa con una maldita radio, con un laxo cuerpo que pide distancias, malabares en la sombra de un cariño que está, pero que no llena todos los agujeros, que no rellena todas las tramas en mi corazón.
Ni siquiera es cansancio o fastidio, palpitación de un muerto, razón de un crimen. Es la prolífica vida que me da para todo, hasta para cuartear las horas, marginar el desespero, cortar las lazadas y darle nuevas sanguinarias alas al vuelo.
No temo lo que no conozco, nunca he temido por mi y mi metrosesentaiuno, ni siquiera por la integridad de mis creencias y sueños, no temo a estar sola, a vivir la vida de a bocados, a saltar distancias por la frenética razón de la sin razón, sin embargo, en estos momentos no tomo uan decisión porque no me apetece, porque es invierno y el frío congela mi espíritu, porque estoy dispuesta para otras realidades, para otros cursos de la marcha, para soñar a plazo fijo.
Vivir no es fácil, dijo mi peluquera anoche. La escuché con atención y mientras esperaba el resultado de mis mechas, consentí que eso era cierto, que la rosería el espinudo rasguñar las horas son parte del juego, del ensalmo bendito de respirar para seguir adelante.

