Confezar
No tengo con nadie con quien hablar esto temas. En realidad, el silencio me ha ido entrando nuevamente por el cuerpo y acá estoy, sin poder soltar todos mis pensamientos, porque no hay con quien o hay, pero cada vez que abro mi boca para decir que algo me cruje, parece irse en picoteada el sueño y se le pasan los brillos a los días.
He tratado de anesteciar mi músculo en el trabajo, haciendo mil cosas juntas para no sentarme a pensar, pero es un hecho que me ha entrado la pena por todos lados, que tengo ganas de llorar y no lo hago.
No todo lo que centellea es oro y no todo lo que ilumina es la firme luz que ampara mis desvelos. Tengo ganas de encaracolar el cuerpo y no volver a salir de ahí adentro, porque miro y no encuentro muchas salidas.
Me propuesto ser firme y constante, pero no soy tan fuerte como pareciera, porque ni siquiera sé cuanto valgo y para lo único que me da el genio, es para vivir un día tras otro, sin buscar rematar ilusiones, sin más opciones que invertir un poco de plata y salir del agujero económico. Ni siquiera pataleo porque hay ausencia de cariños y regaloneos y caricias aliviadoras de la carga. Todo esto es mi reponsabilidad y me siento arqueada y sola.
Podrían cambiarme por algunos dromedarios, pero de seguro por venezolanas pagarían más y ni hablar por una gringa de nariz empingorotada.
Me da tanta pena ser reducida a un espacio y unas formas, como si todo lo que se viera de mi fuera una porquería, pero acá estoy, acarreando el ritmo del otoño que llega y simplemente quisiera acostarme a domir, para no tener que despertar nunca.

