Maridaje
Marzo se presta para hablar de vinos, como no si me encuentro a tan solo un par de kilómetros del valle. Las viñas en plena temporada de vendimia inundan con los olores de la fermentación alcohólica, los jugos comienza a bañar los tanques de acero inoxidable, los orujos se devuelven a la tierra y todo se transforma en un paraíso para cuanto curahuilla de buena cepa, quede en píe.
En un par de semanas o a fines de Abril, comenzarán a salir los pipeños robustos y dulsones, esos que no se embotellan porque pierden el coraje y el gusto de ser casi mostos. Unos pocos de los cuales resistirán hasta mediados del invierno para celebrar algún santo y los que estarán destinados para después del Dieciocho, o para el Dieciocho chico agazapadito en una ramada de San Clemente, donde se baila cueca y también regetón.
Ni hablar de la chicha que vendrá desde Curtiduría, madurada a secano y calores que arrebatan, supurando el silencio de noche, aguachando el frío y la naríz colorada de Don Romualdo, que la produce desde que tiene uso de razón.
Pero también comenzarán a aparecer los otros vinos, los pretenciosos y que hablan idiomas, los que fueron arrebatados del terruño hace un año y que comienzan a dejarle espacio a los nuevos caldos. De esos, tendré algunas reservas y algunas juveniles criaturas que de hecho irán a parar a mi mesa, donde de seguro una buena comida acompañará el lujo de vivir justo, donde Chile tiene la mitad de la producción de vinos de este país.
Así las cosas, viajar desde Gualleco hasta Talca y no dejarse socorrer por esas viñas que trabaja la Concha y Toro, es pecar de sobervia. Uno se viene de allá, armando fila detrás de los caminones, que por la celeridad de la temperatura y la necesidad del apuro, vinifican en la carretera los Merlot, los Cabernet Sauvignon y hasta los Carmenere. Podría tipificarse ese vino como un vino "Carreteado", que dependiendo a qué se destine, tendría gran aceptación entre camioneros y conductores de buses, entre la misma gente que se pierde por esos caminos de "sólo Dios save a donde llegan", buscando los secretos pasajes donde se cultivan vides de otras dimensiones, con otra calibradura y muchas mejores intenciones de la que les dieron nuestros abuelos.
Por acá, para donde uno mire, se divisa una viña. Entonces, en este territorio sagrado se cumple uno de los ritos más ancestrales heredados de los españoles beodos, que hasta para la misa tenían que ir empapados. Así también, de alguna forma damos cuenta de una tradición bordalesa introducida por las vides y por supuesto, la enjundia de nuestro propio ingenio que creo maravillas que perduran por casi 500 años, como los famosos Vinos Asoleados de Cauquenes.
Como no imaginarme el maridaje y el despotricar de curados cuando aparezca la noche pelada y los chanchos muertos, vueltos al revés del invierno y un Cabernet criaturero, maduro de taninos y alcohólicos eflúvios, para que hasta las viudas y las tías solteronas se nos alegren un poco. O el socorrido y burocrático Vino de Honor, para despedir o bienvenir a alguna autoridad de turno, que le toque el último trecho de la Michel. O mi nunca bien ponderado Ex Marido, apareciendo en mi casa con las nuevas intenciones de la industria y sus mamotretos enciclopédicos, para que a mi me entre la letra de una manera más cristiana y no enjuagando la tripa por la pura tincá del nombre, el color de la botella o porque se me paró y no hay lógica enológica que resista a mis análisis. Mal que mal, por estas venas marcelianas corre tinto y del bueno, así que hasta parada frente a la estantería del supermercado en Inglaterra, me di maña para reconocer lo bueno de lo malo, lo marketeado de lo honesto y lo pretencioso de lo original.
Deben ser tantas garrafas selladas con lacre o tantas botellas taponeadas a mano de corcho, con mi abuelo allá en San Javier de Loncomilla. O ese infernal olor de azufre en los zapatones de mi viejo pelado, que además de tomar del bueno, lo componía él mismo con la sabiduría de los vientos, el pelambre de las vecinas y la paciencia infinita del llavero, que le abría la bodega una y mil veces, para que Don Luis se cerciorara que esta era una buena vendimia y que se podría asegurar un par de años de vinos curadores, chucaronasos los cabrones, listos para tirar hasta el mejor de los jinetes, al suelo.
Viejito recorrido, que les aseguro me hubiera esperado a la bajada del avión cuando fui a España a perderme por Toro, para puro saber si esos Majos tendrían algo del buen linaje que lo trajo a él a Chile... desafortunadamente, nada que decir con respecto a los vinos españoles. Serán muy lo que se quieran, pero me olieron a viejo ratón y con leva.
Por lo tanto, no deberíamos enviadar nada, pero nada de nada de latitudes donde el nombre tiene más peso que lo que se trasvasija de las tinajas.
Chile, como un curahuilla flaco y de tercera, que aspira a mucho más. Porque en estos tierrales, entremedio de estos valles floridos, por donde la imaginación no alcanza, ni la ojota llega a todas, después de la vendimia se espera con calma, se aguarda con las papas en la olla, un buen pedazo de carne al aguaite del fuego y las copas en alto (no importa si son cañeras, de cogote flaco o hasta vaso plástico), para brindar por el mejor de los maridajes, el de ser chilenos en medio del Maule.
Salud y buena caña para todos!!!!!!!!!

