Lo que no se ve
Según "El Principito", libro que leí con maternal devoción cuando esperaba a mi primer hijo, lo fundamental es invisible a los ojos de los hombres. Sólo aquellos que ponen atención con el corazón de hojalata, logran encontrarle el cordón a la hebra y enmendar lo que parece tan notorio, pero que no lo es. Aquello que finalmente se encuentra más allá de las evidencias táxtiles.
Sí, ya sé que suena retrucado, pero la suerte de leer de corrido, es que una le da sentido y valor a lo que lee, dependiendo de la caladura que le entre en el cuerpo.
En estas épocas de arrojo y valentía, donde el tener o no tener tienen importancia más que circunstancial, lo invisible está supeditado justamente a eso, a la invisivilidad de los que buscan y no encuentran más que rastros diminutos, de evidencias que debieran darse por hecho. Es complejo asegurarse de que los pasos van por buen camino, cuando la niebla ilumina el espacio infinito y atinar con la mira ciega, es como tratar de achuntar dardos en la más oscura de las noches.
Entonces, lo fundamental se torna invisible y nos decidimos por el contorno, la pequeña detallética de la vida que simplemente, no conduce a nada más que reparar en el detalle, en la minucia que no tira más luces que el pálido resplador de una cerilla, en la más oscura de las noches. Las evidencias se nos hacen poco evidentes y dejamos que el universo nos consuma en el rectangular de nuestras pequeñas y anquilosadas mentes.
No nos vemos con muy buenos ojos en dichas perspectivas y olvidamos que más allá de materia, dentro de nosotros se resuelve un universo, con dioses y demonios personales, con grandezas y flaquezas, con todo aquello que le pone color y cachureo a la vida. Dejamos que nos corrompa el consumir, la trabajólica penuria de pagar a plazos por algo que disfrutamos en tiempo pasado y nos volvemos un penar por el mundo, por lo que no quisimos resolvernos en su debido momento.
Este no es un caminar llano, pero es un caminar con todos los sentidos en que lo esencial, siempre es invisible a los ojos de los hombres (y mujeres). Lo que no veo me da alas y me impulsa a saltar brechas, a estrechar distancias, a socorrer ilusiones donde parece que el desierto entierra sus garras. Donde no hay nada, puede haber un todo y donde otros dejan de tratar, yo vuelvo a intentarlo.
Quisiera que nadie renunciara a ser feliz, que no importando la edad, todos resolvieran reír de buenas ganas. Que mi vecina de enfrente, saliera alguna mañana a barrer su calle con un atisbo enigmático de que algo hermoso le ha ocurrido (le han ocurrido muchas cosas, pero parece que ella no lo ve), que la mediocirdad del susto se hiciera a un lado y que Pablo volviera a escribirme como antes, con ese humor a contrapelo y esa inteligencia emocional alerta. Que no importara la ausencia de optimística, si la felicidad nos sigue. Todas esas maravillas que están a la mano, son gratis, vienen en el mismo paquete de mis mañas y manías y me hacen tan feliz.
Pero en tiempos donde la imagen es primordial, todo lo que no se ve, es justo lo que más importa.



micro-latencia dijo
Qué gran post, completamente de acuerdo...
15 Marzo 2009 | 05:32 AM