Otra cosa era con guitarra...
..., decía mi abuelito cuando le cantaban las Chuchitas, en sus viguelas de campo y mostrando las enaguas almidonadas, mientras andaba de celebradera por esos pagos, donde mi abuela tarde o temprano lo pillaba, desenfundando la escopeta y poniendo en aviso a todas las hembras de la cuadra, que el tal mentado Luis Toro, tenía dueña y con todas las de la ley.
Al fragor de esa escapaderas, mi abuelo la gozaba mucho, pero siempre repetía que para hacer ciertas cosas, no bastaba con la imaginación, otra cosa era ponerle cueca a la historia y salir ileso de la fina puntería de mi abuela.
Entonces, ahora, recurriendo a esa metáfora familiar, me pregunto como diablos fui a caer en tremendo "forro", en que me enjabona la locura y llevo muchas noches a medio dormir.
Contrariamente a mi abuelo, no me ha gustando andar tentando la puntería de nadie ni el arma desenfundada de ningún macho despechado y por lo mismo, he actuado con lo que creía la bonita impecabilidad de mis sentimientos. Así, piluchitos y a ojos vistas de los pocos que han tenido el tino de encontrarme y de paso, abarcar una marea y varias volcánicas elucubraciones de este cuerpo menudo, de este, mi metrosesentainuno.
Venial y desequilibrada en un punto inflexivo de mi alma, que es el amar y por lo mismo, arrechunchar las distancias, insistir con la vena en sangre, desahogar los ahogos y rogar porque todo resulte cuando no quedan imposibles. Así va la vida y otorga por lo que hube luchado y perdido y vuelto a tener y recuperar, con un corazón a medio trajín y la fe a media máquina, para despedirme de un gringo, un domingo por la mañana, pidiendo promesas que yo misma no recuerdo y al parecer, sellando el destino de mis días hasta nuevo y delincuencial aviso.
De esta forma, me armé de una pareja en la distancia y mantuve la cuerda viva y la llama sopleteada, para ganarle a las brujas la partida y también, para hacer valentía en mi. Y por muchos aciagos momentos, contuve los miedos y le di más fuego a la hoguera, para que no se perdiera la luz en medio de todas nuestras brumas. Con tanta burra porfía conseguí aquello que la malvada España se negó por completo a entregar y el gringo aterrizó en mi vida, con todo y sus gatos y un cúmulo de ilusiones para darle alas y viento. Pero cándidos y absortos en todo el tiempo en que no estuvimos juntos, no sacamos cuentas más racionales que después de todo, la guitarra pesa en las manos y los dedos inexpertos no dan todas las notas, cuando se necesita un cuarteto de cuerdas y tres conciertos acabados.
Y sigue siendo Enero de las laxitudes y el verano candente, asopado de lágrimas y esfuerzos, asustada cofradía del desierto, alegoría de los arrepentimientos de ver que aquello que hice, de la única forma que conozco, estuvo mal o bien parece un puro desbarajuste.
Entonces, para no empañar más la cosa, trato de seguir tocando sin ideas muy precisas, sacando arpegios de cuestiones no muy claras, allanando los caminos, derritiendo la pata al sol de la tarde, por la razón o la enciclopédica fuerza de este pecho que apechuga, aunque lleve todas la de perder.
No es mi intención rendirme y si la barca flaca de mi cuerpo (cada vez más flaco) resiste esta tormenteadera, es que va a resistir cualquier cosa que se atraviese, las mareas más bravas, las costas más abruptas. Pero el tango toca fondo y la vihuela chicotea al viento de la enramada, desde donde mi abuelo anima la cosa con la secreta esperanza, que ninguna arma cargada me haga agujeros en medio del corazón.

