Las historias son siempre de amor
Cualquier cosa que yo personalmente escriba, está referida al amor. Pero hay un más allá que no puedo explicar del todo, porque la mayoría de las novelas que leo, son consecuentes al arte de amar. En buenas o malas condiciones, en desesperación, pacifica docilidad o brutal corporalidad, el amor suele estar presente casi siempre en mundos por escrito.
Quizás sea una burra idealización de lo que en verdad nos ocurre, porque hay muy pocas personas en esta vida que logran amar y ser amadas, o bien, que logran perdurar en el intento...pero ahí estamos nuevamente, hablando del amor en sus mil y doscientas formas.
Ni hablar del cerro de canciones y boleros, de los poemas desde Becker hasta Trautmann, de las cabilaciones idiomaticas del verbo amar, porque curte y saca roncha, cuartea y modela y da fuegos para seguir hablando de lo mismo, una y otra vez.
Es cierto que la literatura está basada en muchos temas y situaciones, reales, ficticios, inventados o padecidos, pero como sea, incluyendo novelas densas y encriptadas, tarde o temprano se hace presente en escena, el pegajoso verbo amar que no suelta.
Podría escribir la historia de mi vida y ahí estaría, andaría rondándome y afilándome las largas horas, podría escribir la historia de mi gringo, bien desapegada a mi, pero ahí estaría nuevamente, dándole pie a la sancadilla, podría incluso escribir la historia del mundo y tarde o temprano rechinaría la dulzona existencial.
Podríamos incluso abstraernos en complicadas novelas científicas, pero estoy segura que más temprano que tarde, las letras irían a dar curtiembre en algún exquisofrénico desinfectante del amar.
Amor, como las huellas de un camino transitado, abusado, cubierto vuelto a marcar por los mismos pasos, por las mismas locuras o vacilaciones, por los mismos arrepentidos que se cobijan en la oscura sombra de los árboles o los terneros a medio degollar, que caminamos sin rendición al matadero de nuestras pelotudeces.
La cosa es siempre escribir la historia con un final desconocido, pero donde haya estado presente la acción más contradictoria de todas: Amar. Contradictoria porque al fin y al cabo, no hay nada más extremo que dejar de ser uno mismo para convertirse en un ente único junto al ser que se ama, no importa que dure un segundo o la fracción de la eternidad, el mal está hecho y a pesar de que muchos renuncian después del primer coraje, el virus ha sido implantado en el ser hasta la muerte.
No conozco a nadie que no haya amado nunca, ni siquiera una puta y derrotada vez. No importanto el resultado de la experiencia, ahí están las señales inequívocas, las mutilaciones silentes, las despeñadas catástrofes de la fe por una amor de cuarta que no mereció mucho, pero que igual estuvo.
No hay nada que nos aparte de la consumición afrodisiaca de un beso, posión envenenadora que atrapa y pide más. La carnivora necesidad del tacto, la descuadrada mortificación del cuerpo, la desatada impiedad del sexo, la obligada ovillación de las promesas, la desterrada venialidad de estar vivos una y otra vez.
Amar que consume y calcina y vuelve a depositarnos en la misma faz de la misma tierra, pero ya no con la misma mirada.
Cualquier historia bien contada, siempre radicaliza y termina dando giros sobre el mismo asunto, amar hasta que la vela no arda y los dedos se atrofien, hasta que la conciencia se pierda como un punto en el universo y desaparezca mi corazón latido y partido de este cuento...
No importa si me muero, porque alguien volverá a hacerse cargo de escribir para amar.


Sandra dijo
Sin duda siempre me pasa...
siempre hablamos del amor, y cuando existe desamor aun mas!,
yo digo que siempre es mi mayor musa...
y aunque realmente no estes enamorado de alguien
siempre estaremos enamorados del amor.
Buen texto ;)
Saludos!
27 Noviembre 2008 | 06:05 AM