Backwards
Volver a Manchester y los museos y esa lluvia terremota y esas piedras verdes y ese caminar a la una de la madrugada con el frío, debajo de un abrigo viejo y con una lata de cerveza en la mano. Volver a los refugios de un cuerpo, que se abría paso en mitad del pub y me traía un trago para calentar los huesos, para entender toda esa sordina gringa entrándome por los poros, hasta la madrugada tirando en un recodo de las calles casi desiertas, sintiendo que en el fragor de esos refriegues revivíamos trozos de una juventud sostenida en latitudes divergentes. Conocernos y reconocernos a las sies de la mañana con un café negro y las manos tomadas después de una buena resaca de los mil demonios, tomando sorbos de una existencia detenida y puesta nuevamente en el tren de vuelta a HB.
Verme boca abajo en una cama, mientras él buscaba las fotos en el sótano de sus ojos, mientras la habitación olía bien a canabis y sexo. Para seguir soñando luego entre sus brazos, suave y delicadamente rodeada por un círculo imperfecto pero real. Despertando a medio día para vestirnos y subir al tren rumbo a Leeds, pero preferir ir a Manchester y bajarnos en la proxima estación, cambiar el boleto y besarnos con desparpajo, cuando los túneles oscurecian la indecencia de tocarnos mucho más que los dedos.
Llegar nuevamente a Manchester cargando la cámara fotográfica y caminar sin puntos cardinales, solamente dándole espacio al click de la máquina, buscando la luz esquiva en esas esquinas que de humedad reverdecían el color de la tarde para volver al pub, a calentar los huesos y las conversaciones con dos leager y una real ale.
Despedirnos en la estación Manchester Victoria, con las llaves del bote en mis manos y los dedos de Mike en la bruma, que comenzaba a comerse todo a esas siete y media de la noche. Llegar a calentar mi alma con dos horas de Internet y los gatos a mis pies, para amanecer sentada en el borde de la cama, esperándolo. Sentir que mi cuerpo retornaba a sus contornos cuando abría la puerta con dos bolsas del supermercado. Saber que pasaríamos la mañana apoyados en el respaldo de nuestra cama, tomando café y hablando, susurrando y haciendo el amor.
Y aquel día que nos fuimos a la guerra de la mano, viendo lo que nos calaba el corazón a ambos, asustada de saber que la verdad es más grande de lo que lograban ver mis latinos ojos, sostenida por su aliento detrás de mi cabeza. Firmemente amparada por él en la dimensión de que estábamos juntos.
Llegué a Manchester un viernes frío y desierto, recorriendo carreteras a su lado y cuando me fui, caminamos con mi maleta desde Manchester Victoria hasta Picadilly porque no nos quedaban más de dos pounds para volver. Nos abrazamos fuertemente antes de despedirnos y no volvimos a mirarnos. Mi corazón se estropajeó y pensé que me estaba despidiendo más que comenzando algo, pero los meses han pasado, seguimos haciendo el rito de perdernos por las calles verde musgadero y verde opio de esperanza en ese Manchester que se preserva para ambos.
Parte de mi siempre queda donde yo he estado, parte de mi le pertenece a las rocas, a las aves, a la rueda y la vida de una ciudad vieja nueva, donde los homo caminan de la mano y las lesbianas se besan, donde yo fui dejando las horas pasar a la cuerda infinita de una vida para amar.
Así, quiero volver a Manchester y sus abrazos, su voluntad puesta en cruzar océanos, nuestra cama de mece y mece en las noches de tormenta en Calderdale.

