From Holland with love
Cuando una cree que todas las volteretas estaban a la distancia impura de los aleteos de la mariposa tuerta, y quiero hacerme la viva con la novedad que no era cierto, me llega el último suspiro de las cardinalidades tristes.
Un escueto comunicado para advertirme que la vida sigue y yo dejo de llorar y simplemente me voy a la calle sin más que hacer que seguir el paso y marcar mis propios límites.
Hoy me he dado cuenta que soy sutil, pero a la vez, directa y con el mismo asombro que causa mi sonrisa, mis palabras entran directo por las orejas arremangadas.
Entonces, para qué seguir lamentando lo que el mar boto para afuera y devolvió a sus confines como si nunca hubiese existido, como si el acá y el allá tuvieran más representación que las añejas banderas de un amor que renuncia a las fronteras y que se esconde del miedo de ser puesto en la falta de faltarle a otros. Como si fuera de la misma tamaña envergadura, dejarse doblegar por las circunstancias, que empolvarse los pies por el camino hacía este pecho, hacía estos brazos, hacía este cuerpo que ha deseado refurgiar y ser refugiado.
Dejemos la autocompasión y pasemos la hoja con la más sonora de las carcajadas, porque lo comido y lo sangoloteado, no me lo van a sacar ni con el Alzheimer del olvido.
La determinación ahora es cruzar nuevamente las barreras y dejar el horizonte despejado, porque todas las costas albergan naos, que bien se pueden hacer a la mar por mi.
Yo espero, tranquila y domesticada a las frías labores de calafatear la chalupa, de enhebrar nuevos sueños, de querer encontrar. Así, los viejos naufragios del sur me dan nombres de holandeses que trataron de dragonear los puertos, las caletas, los cabos de buena y mala esperanza, para hacerse ricos, para hacerse bucaneros desproporcionados de las leyendas, de los espacios del viento y la soledad.
Todo lo que he sido antes y vuelvo a ser, hasta que veo ojos azul profundo de un mar etereo y sonreímos como ángeles sostenidos sobre las aguas, a punta de tocarse los dedos, a punto de aceptar que el calor se extraña, porque casa queda lejos y también, porque estamos solos, parados en la superficie de la tierra, atisbando los extremos, manoteando en la distancia, sorteando la espera de que el amor nos vuelva a tocar, porque lo merecemos, porque a pesar de haber sido abandonados a nuestra maldita suerte, seguimos apostando que la vida es gozo, beneplácito y felicidad.
Entonces, de Hollanda y con amor me llegan los cantos de una sirena, la isla de la tierra del mar y los brazos poderosos del capitán.
Y los sueños comienzan a tomar vuelo, a perder las ataduras y la reina de los truenos, vuelve a hacer arder la tierra, a poner la proa hacía los vientos del norte.


