Para decir adios...
Para decir adios...vida mía.......y que te estaré por siempre agradecida......
Recuerdo esa canción de un José Feliciano tambaleante en la punta de una silla, con esa mirada perdida detrás de sus lentes oscuros, un coro de voces que repetían la frase y un cielo estrellado de verano.
Recuerdo que yo también era parte del coro y que también encontraba dichoso el estío, caracoleando la cintura, estrellando las ilusiones; pero claro, era muy joven y ninguno de los verbos me comenzaban a pesar, más que repetir estrofas y tararear melodías.
Ahora, justo ahora, la cosa se va volviendo bien distinta, porque para decir adios, vida mía... y por más que una quiera no sentir en la mitad de las costillas, que el universo se nos parte y que la ilusión se nos tritura, el verso cobra sentido y la realidad toma pegajosa canción para resistir el cuenta gotas regresivo de un amor que nos abandona.
Sé que no hay distancias imposibles, ni oportunidades remotas, que si uno quiere y lucha, logra tocar las otras orillas del continente, saltarse horas, esposa, meditaciones y camas, con tal de amar y ser amada; con tal de ser fiel al instinto universal que no hay amores impasibles.
Sé con consecuencias, que todo ello se puede, que todo lo que aparece remoto, distante, atrofiado por la servidumbre del miedo, se obtiene si uno rema, pedalea, aporrea y calza el mundo, con tal de verlo a los ojos y sentir Jorodowskiana, que las distancias no existen.
Todo por un amor, el último, el de mails descalabrados, el de llamadas dislates de horas, el de bordar la paciencia y el cariño, el de enfrentar las mareas, el de arreciar la lluvia y el rocío, el frío viento de la mañana o la calcinante duermevela de la noche. Todo por tener la dicha de ser motivos de dicha.
Todo y más si fuera posible, si fuera a darnos la vuelta el destino y nos permitiera vivir...sin embargo, por más que uno bregue en el incomío de las latitudes, en la indiferencia de los hemisferios, en las maromas del viejo circo, la realidad es bastarda y yegua, crepitar de vacíos, enfrentarnos al verbo silencio.
Entonces, recuerdo a Feliciano, guitarra al frente de su mirada perdida, tambaleando la silla, acodando las letras y rasgando el velo estrellado de la noche y yo, haciendo un coro de luces y lágrimas entendiendo, que para decir adios...vida mía....sólo tienes que decirlo.....


Patricia dijo
Para qué adios, basta con un "hasta luego"...no te parece?
1 Febrero 2007 | 04:12 AM