El Don de la Felicidad
Recuerdo la historia de aquel rey que mandó a buscar por todo su reino, le trajeran la camisa del hombre más feliz. Sus emisarios partieron con la misión irrenunciable de no volver a menos que fuera con dicha prenda de vestir, so pena de perder la cabeza, el pescuezo y los bienes.
Se demoraron bastante en el asunto y después de darle largas y cortas, el más patudito de todos los emisarios corrió el riesgo y volvió donde su rey con las manos y las alforjas del caballo vacías.
"¿Cómo es la cuestión?", le espetó el enojado rey al emisario. ¿No existe en mi reino ningún hombre feliz?...a lo que el encogotado caballero respondió presto (antes de ver rodar su testa por el suelo)...Sí, si hay un hombre muy feliz en vuestro reino, pero el asunto es que es tan pobre, que no tiene ni siquiera una camisa.
¿Qué es la felicidad?, ¿ es acaso un bien material, una posesión física o un artilugio del tener a toda costa la bendita camisa del hombre más feliz, para que se nos contagie en la piel la misma felicidad? Al parecer, dentro de los parámetros de nuestra mercantil vida, los bienes, los servicios, las posesiones, las materialidades nos hacen el camino hacía la felicidad mucho más directo, mucho más "seguro", pero finalmente no nos la garantizan porque puede que la camisa no sea lo que se necesita, si no que la condición de felicidad es impalpable, intangible y absolutamente personal.
Cuando camino por la calle de la mano de mis hijos, y los escucho hablar, reír, saltar y convertir el trayecto en una algarabía con sus ojos negros y sus caritas hermosas llenas de dicha, me doy cuenta que soy feliz.
Cuando abro los ojos en mis mañanas y mi primer pensamiento es el nombre del hombre que amo, no importando todas las distanicas y todas las horas de diferencia, me doy cuenta que soy feliz.
Cuando me siento frente a esta pantalla, tan aparentemente falta de vida, y puedo plasmar mis ideas y mis letras sin oposición de los astros y las conjunciones, me doy cuenta que soy feliz.
Cuando me llama un amigo, nos réimos de las cosas simples, nos contamos en qué va todo en la vida, me doy cuenta que soy feliz.
Cuando en el silencio de mi casa, miro a los pajaritos tomar agua y bañarse en el bebedero del perro sin prisas, me doy cuenta que soy feliz.
Y para todo ello no he necesitado poseer mucho, tan sólo la capacidad de darme cuenta, tan sólo la voluntad de sentirme, tan sólo el don de la felicidad.
Por qué oponerse a las simples verdades y querer agarrarse con dientes y lentejuelas a algo, si finalmente puede que nos quedemos hasta sin camisa, y aún así, podamos seguir siendo felices.
Si la realidad es ese vacío al que le agregamos el adorno, nosotros podemos decidir adornarlo con la felicidad de los instantes simples, de las maravillas más calmadas, de los gustos más sencillos. Podemos vivir la felicidad a cada paso y no dejarla porque nos dijeron que era imposible andar felices siempre, porque la felicidad es una quimera y puede que nada funcione a menos que nos consigamos cuanto antes la camisa aquella del hombre más feliz del reino, que por no poseerla y no atesorarla, no temía perder algo que no tenía, algo que no era un bien, si no que una condición manifiesta del espíritu, del alma, del corazón dispuesto y entregado al don de la felicidad.
Yo sé que la vida se hace de muchos trazos, nada de una sola línea tirada al frente, que los amaneceres no son para todos un cuento de hadas brujas y que hay ocasiones que se nos encharcan los ojos porque no anda el mundo al ritmo de nuestros palpitares; pero cuando dejamos de enfrentarnos, cuando dejamos de tratar de torcerle el destino al intestino y nos largamos con una carcajada bullanguera sobre las dificultades de la vida, todo se nos da más fácil, todo se nos posibilita con cierto agrado, con cierto gusto de felicidad descafeinada y sin azucar rucia, pero con la posibilidad de que tal conmoción crezca, se multiplique y cobre tal fuerza, que los otros vean pasar por la calle al hombre o la mujer más felices del mundo, pero sin camisa...y de todas formas envidien su felicidad.
El don está, es sólo que hay que comenzar a sacarle lustre, a pulirle las basurillas y a darle alas entre comidas y bebidas, entre un simple pasaje al sol y una caminata a la sierra, entre la bella mañana en que te digo que te amo, entre la noche oscura del faldón de mi cama en que la felicidad está presente, y nunca ausente.
Porque yo elijo ser feliz a toda costa cabriada, a toda marcha perdida, a toda ventolera saldada y a toda posibilidad....y me marcho de palacio sin haber perdido la cabeza y habiendo tenido la dicha de conocer el secreto supremo de mi felicidad.


Juan Pablo dijo
Ser feliz es que nadie te rompa las pelotas. ¿Qué es romperle las pelotas a alguien? No dejarlo en paz, querer que haga lo que no le corresponde hacer, pedirle ayuda constantemente para que haga lo que tenés que hacer vos, no respetar sus tiempos y necesidades, no dejarlo hacer sus cosas en paz porque siempre te estás metiendo para hablarle de una tarea distinta. Todo eso existe, es cierto, y hay gente que tiene la costumbre de molestar, que no se da cuenta de que la concentración del otro tiene un valor o que no le parece mal pedir ayuda cuando tendría que aprender a ayudarse a sí mismo. Pero lo más frecuente es que quien dice que lo molestan en realidad esté defendiéndose de la dificultad que supone tener que hacer un esfuerzo. Este es mi punto de vista, sino te gusta, tengo otros.
14 Agosto 2006 | 05:08 AM