Margarita.

De plástico lamé de cuatro chauchas y visutería barata, se asoma la nueva y estrenada puta de la cuadra. Tiene cara de niña inocencia pero maquillada hasta las orejas, aparece mucho más fácil de lo que de verdad es, por cinco lucas la mamada.
Está flacucha, larga, misterio de calambre y tetas chicas en sancos altos. La pega igual con sus caderas al ritmo del pavimento, con el contoneo de los bucles rucios que le embargan la apostura.
Hace frío, más frío que la cresta pero ella no deja de lucir ese escote bien poco generoso y esas piernas eternales hasta la huella del chico que la sigue desde oriente a poniente, mientras las otras putas, las más viejas del recorrido, se agrupan para traspasarse la botella, para fumarse los últimos pitos y hacerse a la idea de que nada cambia y nada va a cambiar, por más que se persignen frente a la vela de la animita y a la virgen de las locas.
Bueno, las locas son otro espectáculo, mostrando el culo y el falo a los automovilistas que las insultan y que arrojan sus desprecios como dardos en medio de los abrigos de musas traspiradas, de ilusiones guachacas del sexo en contra del sexo. Pero ellas, están de sur a norte, para no estropear la clientela hétero, para no dar la idea de revoltija y descoordinación de maracas en este orden absurdo de la vida y la calle nocturna, abierta, comenzando a caer la helada, la falta de ganas de estarse parada un rato más y tenderse en el suelo, a ver pasar las nubes de humo verde, los pastos retocados de malezas y los anillos del dedo.
Pero la jovencita, la nueva, no decae en su intento de llamar de bruces a algún viejo verdoso, con salivación de tripas y lasciva angustia por las niñas. Continúa caminando y mostrando lo que no tiene y el chico que la mira no deja de quererla, de amasarla entre las manos, de sostenerla entre sus brazos y apretarle el cuello, y desvestirle el cuerpo mientras la asfixia, mientras le mete entre las piernas, el duro sable de su carne, abriendola, desflorándola, rebajándola y contrayéndola sobre si y para si. Violando sus sueños, la vegetación de su pueblito austral, la madre llorando su partida porque sabía que se le perdería, el cura que no vío con buenos ojos ese viaje hasta allá, donde las chicas buenas pierden la inocencia, ganan años y dolores por unos pocos pesos, la profesora que lamentó que la alumna ya no volviera con los libros de la biblioteca y el enamorado ausente, que nunca se atrevió a darle el primer beso de amor.
Margarita magullada y descuadrada, tarde para que las otras la socorran. La ambulancia se la lleva hecha un manojo de trizadas alas, de espantados gritos que no alcanzó a dar, de enconos y traiciones que le entrega su primer día de muerte, su primer cliente en deuda, su primera visita al infierno que no se acaba, que no se muere y siempre pervive la noche de putas y locas, a dos cuadras de mi casa.


hadacuriosa dijo
Ufffff!!!!! que relato, y tan cierto... las vidas de estas mujeres no deben ser faciles...
besos y me encanto tu post...
3 Agosto 2006 | 08:42 PM