Gredos
Amasijo de barro, conciliábulo de paja, resquebrajar de la laja milenaria bajo el fragor del sol arrebatado, saludar los fungosos colores de la escención de la sierra. Volver la vista y descubrir que se nos pierde, sentir latidos y entrevoces, mientras el cascabel del sur ataca el almuerzo.
La verbo heroica del macho que hilvana los andaluces recorridos de la figura y yo, al otro lado. Haciéndome a la noche blanca y traslocada de la lluvia tranoceánica del aliento que no me alcanza, que no me toca la espalda curvada sobre el pecho curvado hacía adentro.
Veo esas cumbres ajenas y pienso en la borrasca metamorfósica de mis Andes de espejo azul naranja, nevados hasta las patas mientras el invierno parece haber marchado con destino absurdo.
Allá, donde el tendón respira estío y se adormece la conciencia con las bastedades del paisaje, sube y se agita el horizonte detrás de las ventanas de su nariz que inhala y exhala mi nombre; acá, donde despierta el polvo ceniciento de la tarde avolcanada, donde las acacias recién comienzan a florecer con la timidez de niñas castas, barulla el verso por escaparse hasta sus ojos.
Pero todo es cobertura de mutis, no hay respuestas si no se quieren hacer las preguntas pertinentes.
Sábado de bruces colmado de sol, bajo el ciruelo han venido un par de picaflores a tomarse las gotas. No hay ánimo de darle rienda al destino y sólo guardar las apariencias parece ser un desafío de monumento.
Sábado de caminata en que el sombrero tapa la vista y acojona el espíritu más abajo, reponer el suspiro y darle el merecido inmerecido a la india impúdica, que ya oferta el cuerpo sin siquiera haber restaurado el alma.
Celos, simples celos de decir que me ama y guardarlo dentro del morral. Desespero, simple desespero de querer olvidarlo y no poder llevar la carga.
Hay miles de diferencias entre Gredos y el Cordón de San Ramón, pero presiento que alcanzar sus cumbres es la misma cosa, tomar la mano, agitar el pulso, ascender la costra, deborar las calmas, oprimir el pecho y apurar el tranco, para que el cielo sea uno, tocado con los ojos abiertos y el corazón resuelto a vaciar las dudas. El temor, atrás; el amor, al frente.
Los que entienden de estas cosas, se darán por enterados; los que no entienden, les queda el trabajo de cubrir desde aquí hasta la punta del cerro. Cuando ya estén arriba verán que Gredos tiene todos los matices del amor.


transeùnte dijo
..... alfarera de tu propia felicidad....
19 Julio 2006 | 04:47 PM