Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez, primavera.

Tomo prestado del título de aquella película china hermosa, bella, perfecta y profunda, como las mismas gotas del estanque de mis ojos que ahora ruedan a granel, mientras le doy curso a estas letras.
Durante 30 días exactos he vivido un romance genial, precioso, brillante, auténtico, total, arrebatador, supranormal y complejo, como sólo los que se arriesgan a vivir de verdad los saben tener.
El, español, casado, con hijos, 46 ilusiones tiradas al vacío acantilado de las magulladuras, del descoronte y no verle ninguna gracia a la cantinela. Ella, chilena, separada, dos hijos, 39 metamorfoseadas primaveras de creer que todo se puede y que importa un bledo lo que piensen otros si no ser fiel consigo misma.
Ambos, reunidos de letras y sentenciados de metáforas corridas, sin más que nuestros cuerpos celestiales y nuestro asombro a responder las preguntas antes de ser formuladas, de sentir en mi cuerpo los pesares de su cuerpo y de parpadear en sus ojos, lo que veían los míos. Pudiese pensarse que porque no estábamos a la mano, no teníamos las certezas que tienen otros, pero es falso, nosotros éramos el doble de la felicidad y de los deleites, el doble de las caricias y los roces, el doble de las entregas y las pausas, la inconmesura que se desprende del amor pretérito y futuro.
Nos dejamos llevar, sangre adentro, sin ponerle freno al viento fresco que nos entraba por las alas, nos amamos a las silenciosas luces de las velas purpureas marcando las ojeras, y nos dimos todo cuanto pudimos darnos con nuestras, aparentes, limitaciones.
Me transformé en su primer amor, el primer rectángulo cuadrado de darle ilusión y poesía a un par de canciones añejas que escuchaba en la vieja radio de su viejo auto, mientras recorría la sierra adusta de la Salamanca ibérica. Para mi fueron sus primeras letras del te amo, del te necesito y del se me escapa el aliento si no estamos juntos algún día, dándonos todo lo que nos debemos hasta el final de la vida.
Yo le dejé ver todos mis resquicios y mis pudores traspasados, para que entendiera que de verdad lo amaba, como nunca había consentido amar a otros. Nuestra pirmavera partió tan bien, tan justa, tan sin apretujes forzados, que yo le veía la cara en noviembre o diciembre de tomarme el primer avión de mi vida, para cruzar un océano entero.
Pero justo como comenzó (por escrito) es que acabo de cerrar su último mail en que me deja claro, que a pesar de todas las maravillas y todas las posibilidades al alcance de su cuerpo, él no sabe cómo diablos transar el cambio de su vida cuasi "perfecta" por esta hembra ladina, que le ilumina la testa coronada de matices. Que bajo los viejos preceptos de la castradora españa, no está bien al ojo de las vecinas, que el muy felizcote se haga a la américa de las trifulcas y deje de tener una vida mediocre, para tener una vida entera.
Yo de verdad, no era una simple aventura de conquiste en el tan trajinado y violentado territorio américanista de la colonización, era la medida de todas sus algarabías, la justa marca de sus caminatas, la compañera, la amante, la estrella australis que le prendía cada mañana de letras y besos y cometas sulfureos de que todo en esta malparida, se puede si se quiere.
Pero aquí estamos, saltados de otoños y lloviéndonos el invierno la cara, quebrada en dos por mi amor brujo que me abandona, que se hace invisible y ya no me permite ni siquiera reclamarle que le amo, que le quiero, que por él me muero........................
Cursi, bobalicona, rota y con tanta pena, que no importa que hoy día el sol se queje y ya no quiera alumbrarme, total, igual que la vida, el invierno pasa raudo para darle cuerda a la primavera.
Perha, te amo a morir y me has partido el corazón por la mitad, pero te prometo que me voy a parar, a sonreir y a volver a amar.


Alex dijo
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7 Julio 2006 | 07:02 PM