La tregua, la yegua, las prevalidaciones.
Ya se habrán desecho a la idea de que como ando de enamoradera y ilusionista de culebrones virtuales, no va a haber mucha revuelta por estas ciberlatitudes, aunque les haga innecesaria falta y despelotado gusto de pasarme a leer cuando el trabajo está flojo o la cita no aparece a la hora.
Pero igual, con la trastienda de mis candelas hinchadas como para puro zarpar y los canelones de la lengua envirutillados para dar escombro, persisto e insisto que por mucho amor, que por mucho deseo y por muchas necesidades incontenidas entre el desconzolador y yo, me van a tener de letrilla entera aunque no se quieran y dieran por gusto y gana un silenciado requiem a mi blog.
Pero que va, yo soy muy ductil y me las enmaño para no dejarme el placer literario a la deriva, y de pasadita, ando que es un primor dándole a que tal vez, si las cosas se quieren, se consiguen.
Quiero tener todos los aces en mi manga, porque las treinta y nueves apolvadas primaveras me las dió de estar de sustos y miedos impuesto por la razonable corajina y los discutibles términos morales, de que no hay como darle alcanzada a todo lo que se nos muestre rico. Que si bien uno se engatilla con un beso descorrido hasta el escote, y después viene las deudas y las hipotecas del banco que nos hacen olvidarlo todo. O que si no, las cláusulas hambrientas de un gran partido de hombre sobre nuestras comisuras blancas del vientre, y dele que suene a que estamos haciendo el delito de no haberle avisado a toda la parentela. Que si nos saltan dos o tres o más amantes del armario, y dale, que el pecado es lo mismo y nada vale el arrepentimiento atracalado de confites.
No señor, yo de esas mentas he tendio bastante, soportado infinesimales y preludios de que el infierno, de que los hijos, de que la conveniencia, de que la culpa que cubre y lastra y perfora hasta la más inocente distracción de nuestra funesta cola.
Yo prefiero el vaso medio triturado que el vaso sin descompostura, porque no estoy para venirme a recorrer el camino reencarnativo veinticinco veces veinticinco, metiendo las patas donde mismo y crujiéndome los dientes de la misma muela.
Es cierto, que andar de esta forma levanta las cejas matriarcales y los entrevelos del rodeatoreo que nos sucumbe a lo que se ve bien aunque no huela nada de bien. Da la idea que desarmase de la coraza miedosa del meticule, nos va a dar el resfrío más yegua de la vida, nos va a dejar la piel impuesta a todito tipo de laceraciones y lo más fácil y redomado, es que nos vayamos derechito al infierno, sin siquiera verle un cachito a las ánimosas del impulgatorio.
Pero ya dije antes y lo repito a voz en cuello de plumas, el paradiso existe y vieran de que tremendo Adán está premunido, como para hacersele al pecado de morderle la manzana y luego, cerrar las persianas para ser más discretos.
Yo no temo, ya no les temo, ya no les tuve ningún miedo y diablos, como no pesa, como no sobrexige, uno aletea libre.


Postulante dijo
Y en tu paraiso..no será poco un solo Adán.
29 Junio 2006 | 03:42 PM