Lecciones de vida (íntimas y personales, pero a ojos vistas)
Salamera y oblicua obstinación de desvelarme y tener que repetir el oratorio de que la felicidad es cojinova hasta que uno le encuentra la hebra a la madeja, no importando si ella está agarrando las latitudes con la boca del estómago o con el tiritón de piernas de vernos y desconocernos y luego vernos y guarecernos.
Yo alguna vez dije que entre el Sermón de la Maraña y los infocomerciales, se hacía una filosofía impertérrita y soportadora de cualquier buen desprestigio en círculos más academistas, donde nombrar a Hidegger, Yung, Keikegard, Sartre y otros tantos empelotudos existencialistas, que dieron por cerrado el cápitulo de la felicidad antes de enfrentarse a la vida chasconera y putibaja, es de lo mejor visto, como si las verdades y los timoneles de mi existencia las llevara un muerto, infelizmente publicado para los estudiantes posteriores y aquellas personijas que hicimos nuestras labores universales, a punta de desconfiar del churro y de las apolilladeras de que el fin único y transgresivo en la vida, era la muy inesperada muerte.
Creer tamaño desatino es hacerse a la mar con las velas de antemano mal ovilladas en el bastión de las incertidumbres. Ya que las certezas no están todas disponibles y a pedir de coraje, pero uno puede arremangarse los miedos y apretujarse los sustos para vivirle la ventisca y la vanvoleadera al chaparrón que se venga.
La mentada realidad es un vacío agustoso en que uno le pone y le quita los adornos. El devenir es aquello que uno no se imagina ni en versión cinemascópica, pero de todas formas, hay que llevarle el alma bañada y libre de perjurios, para que se de todo como en carril. Si uno no se anticipa a la tormenta, la tormenta pasa por el lado sin hacernos el caso de que vivimos un día cálido tras otro. Pero si andamos cargando el crucifijo de las nubes oscuras, demás que se nos arrebalsa el espíritu de malos momentos que padecer en lamentaciones de refugio.
Quisiera liberar con estas romerías los dolores de hueso y espalda y las despertadas angustiosas de quien se ha hecho al precipicio de golpe y baraja la tronadera, por mis mejores capítulos y mis mejores resortes de mujer, ya que el camino no es tan parejo y la dificultad se torna ingrata, cuando se presiente que lo que nos depara la frutal puede ser el baño de lágrimas azules o las sonrisas de lágimas cobrizas. Cualesquiera se encuentre entre la pendiente de aquí hasta que se cierren los ojitos en los parangones de la luz sin retorno.
Pero antes de ese momento, hemos de darnos toditas las alegrías del mundo, conocer a los mejores amigos, tomarse hasta las molestativas, comerse sus buenos pedazos de carnero, disfrutar de los atardeceres, roncar hasta que se nos inflame el cuello, ronronearnos debajo de la colcha, hasta que se nos pase el fin de semana, viajarnos la mansedumbre por sobre las leseras del decoro, saltarnos todas las reglas, para besarnos, abrazarnos, amarnos y dormir tranquilizados de que este día fue el mejor y que puede venir la pezuña encabritada de la muerte episcopal, porque ya no tenemos endeudamiento con la felicidad loca de habernos lamido el cuco diario de que la existencia es la mierda, cuando del otro lado yo la veo de lo más refloripondia, como para sacarle el molde y mandarme a enmarcar lo bello, lo fundamental.
Y que es lo fundamental discurrirán los soñadores?...lo fundamental es pillarle la punta al acabo y sonar la metafísica cuántica con el amor que nos atrapa, que después de viejas no hay como darle cuerdanilla para atrás.
Así que los invito a emborracharnos todos con la lujuria de un beso, con la fascinación de unos etílicos manuscritos y el acordeón de las eñes. No sea cosquilla de que mañana ya ni estemos entre los superlativos, subjuntivos y verbos que se le escapan a mi corazón.


anonimo dijo
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23 Junio 2006 | 01:44 AM