Infidelidad Virtual
Dicen que para hacer el bien no hay que mirar a quien salte detrás de la mata corrida, de la sorpresiva manifestación de un beso a escondidas, un agarrón en discimulable y un amor debajo de la manga que nos refocile el alma tuerta y coja de esta vida.
Sin embargo, en tiempos donde la amantedera se daba después de la entrada a misa en que se descorría el pañuelo de organza finamente perfumado, para que el enterante macho de nuestras pecaminosas oraciones, tuviese la excusa perfecta y nos tocara el dedo. En esas preñibles circunstancias, una primero hechaba el ojo y después consentía en irse al infierno o al cielo, según correspondiera el talante del osable amor a escondidas del cura y la tía solterona.
Mas ahora, en épocas de la luz eléctrica y los café cortados en una máquina express, es más fácil tener a disposición de puño, un pañuelo virtual que se tira al ciberespacio del pecable engendro llamado chat, internet, mail y msm. Total, el trapito alcanza latitudes impensables en los tiempo de las misas en latín, y se puede tocar el hombro, la oreja, el cuello, el torax, la cintura, y más abajo, con el dedo enviciado de la virtualidad.
No voy a saber yo de esas mentas, cuando en tiempos de obligada abstinencia amatoria, no me ha quedado otra que recurrir al coqueteo virtual y a la chateada sexual, con el único fin de saber que ando viva y que puedo levantar polvo a pesar de los años y las flaxideces del cuerpo.
Claro que a no mucho requerir el jadeo en la red, se me aparecieron los que pedían más, mucho más de lo que se estaba dispuesta a dar en la profiláxtica salvedad de la pantalla, inquiriendo encuentros de verdad, con carnetorio y traspirada palpable y tocable, de terrorífica aoscultación de que aquellos firmes y turgentes par de melones, eran en realidad unos zapallos escurridos; o bien, la magnífica condición de la musleable, no eran más que dos trutros sueltos; y que hasta la cintura de abeja perecía en la cruda realidad de una concatenación de adipositables......
Sin mencionar, que el atlético caballero de la chateada, no era otro que el hermano chico de la mejor amiga de nuestra infancia, sonrriente y jugoso como pomelo maduro tirando a podrido el encuentro, en que una prefiere el cielo y los rebaños de ángeles, que la fascinación gozosa del ardor en las llamas del pulgatorio.
Porque ser infiel, es una cosa que se debe emprender con la conciencia clara y la meditación profunda de toditas las consecuencias que se nos aterrorifiquen, pero enrolarse con cualquier ser de la ciberalidad no merece ni siquiera la prosa, ni la pluma, ni la orilla del descocido traje blanco de nuestra ascención a los cielos.
Por ello, hace tiempo que he dejado de practicar el licencioso virtual y he cargado la batería de la amistad pura, franca , durable y retornable hasta el próximo chat o la próxima lectura de algún mail, no vaya a ser cosa que el cura se despierte en el confesatorio y mi tía solterina, me agarre en excomunión justo en la cuadra, donde leo y bullo la hormona.


G dijo
La infidelidad virtual es lo mismo que un sueño erótico, mientras no se haga realidad no va a ser infidelidad.
Concuerdo contigo, mejor prancticar en tener amigos, que tener que arrancar de un marido celoso.
Saludos.
18 Mayo 2006 | 11:16 PM