Santiago, la capital más depresiva de Latinoamérica.
Don Pedro de Valdivia se equivocó de plano, o bien, simplemente no entendió que el cerro Huelén no era considerado un lugar apto por los indígenas, para bajo sus pies, establecer algún tipo de reinado o conjunción civilizadora. Pero démosle el crédito que el vallecito aquel estaba mono y tenía color de asentamiento para hacerse de vegetales disposiciones, de conquista y extracción de oro por las cercanías.
Aún así, transcurridos los siglos y agrandada esta urbe bulliciosa, mal oliente y abigarrada, por más que se rece gubernamentalmente que somos una de las capitales más modernas del concierto latino, los santiaguinos a la fuerza y los nacidos bajo el precipicio andino del Cordón de San Ramón y el majestuoso Cerro El Plomo, tenemos nuestras más que irracionales dudas. Primero, porque la urbe es poco amable con los tránsitos a pie y a no ser barrios expresos, cualquier otro trayecto se debe realizar en el verde bosque del Transantiago y el Metro con olor a perfección en que nadie nunca emite una sonrisa. Y esos recorridos se toman buena parte de la vida útil de cualquier alma, en que no queda otra que vitrinear la pobladera que vamos dejando atrás rumbo a los trabajos, o bien, sumergirse en las páginas indelebles de diarios, revistas y libros gruesos en el metro con ventanas, pero sin paisaje en los que refocilar la mirada lacia del desvelo matinal.
Santiago además, es extenso como carpeta corrugada de apropiación indebida y desde mi casa hasta el centro, me lleva una hora sentada al lado de un adolescente que esgrime walkman a todo volumen, y eso que yo no vivo lejos para distancias y tiempos santiaguinos.
Así las cosas, está el ánimo reinante de camorra y pelea porque la fila es muy larga en cualquier trámite, porque los autos no se saltan la luz roja o hasta porque para visitar a algún amigo en oficinas y despachos, se necesita dar los datos hasta del bautizo de los hijos. Todo en pos de la seguridad del cargo, la eficiencia del puesto y la resistencia a confiar en quien tenemos al lado. Porque en segundo lugar podemos decir que esta capital es insegura, pero en realidad no lo es, porque no asaltan ni cogotean más que en cualquier otra capital cosmopolita, y los robos no son más que en cualquier parte donde vivan más de cinco millones de personas, ni los casos son muchos más que los que se suscitan en cualquier vecindario de la América emergente, pero acá la sonadera es a todo trapo, con Paz Ciudadana mediante y grupos auspiciadores de la desconfianza a flaites, locos y transgéneres que están al paso. Porque si vivimos en un barrio relativamente pudiente, de inmediato desconfiamos del que es un tanto inferior al nuestro, aunque nunca tengamos la certeza de cómo viven y que valores promulgan, porque como decía don Armando de Ramón en su libro de cómo es que comenzó a extenderse Santiago, siempre el que llegaba era visto como un advenedizo indeseable, ladronzuelo rapaz que escapaba de la hambruna campesina, justo el que vivía al lado de la casa de tejas y fachada monocroma de cal, era el sospechoso y jamás se entraba en conmiseraciones a menos que hiciera méritos notorios de ser tan fiable como uno en desastres de incendios, temblores, terremotos.
Santiago al lote jote y con la capa de inmersión térmica desde que comienza el otoño, es imperdonable durante las noches heladas y las amanecidas de bebes a medio respirar en consultorios, postas y hospitales congestionados de miedo y locura de que ninguna autoridad toma cartas en el asunto, pero es imposible limpiar el aire por decreto, pero eso tampoco se entiende con el clamor estúpido de la televisión que ni siquiera alienta al ciudadano a tomarse todo con un poco más de humor.
De paso, para hacernos más ecléctico el panorama, nos gusta vivir el pavimento, el mall y la congestión sabatina en compras y consumismos fatuos para llenar las otras ausencias de nuestra vida; juntando los morlacos para en las vacaciones de 15 mínimos días, hacer todo aquello que no nos atrevemos a hacer durante el año. Mandando de paso a la mierda al jefe, la secretaria rucia y el guardia con cara de perro. Pero no sirve, porque la naturaleza se encarga de dejarnos a medio camino en la vida congestionada y preocupante que llevamos y de ahí a saltar al diván del psiquiatra hay un solo lapso de interpelación al ego machucado y con baja autoestima.
Mucho se ha dicho que la gran cordillera de los Andes tiene la culposa relación de que nos sintamos tan insignificantes, pero creo que la procesión de nuestras infelicidades va por dentro y cada vez nos alejamos más del ser naturales, asociados con el cambio de las estaciones, los devenires del clima y la floración de las ramas sobre nuestras cabezas. Porque a pesar de que la capital de Chile está estrangulada de creerse el agujero de la rosca, la vida que sigue a sus márgenes es linda igual, a pesar de no contar con Ipod, banda hancha y Sushi Delivery.
Lamentablemente, el santiaguino cree cada vez más que necesita atiborrarse de suntuarios para encontrar la quintaesencia de la felicidad galopante, pero los que practicamos algo de meditación y vivimos alejados del comercial ruido, sabemos que con muy poco se resuelve la felicidad en la vida, se calman los dolores y se aprende que el ritmo se lo impone uno mismo a gusto y discreción; y en este ejercicio no se gasta más en remedios, ni se paga el grupo de salvataje coronario y móvil, no se aprisiona el ala siempre dispuesta a emplumárselas a donde el agua corre fresca, los vientos soplan sin olor a gasolina y el canto de los pájaros es real como nacer y morir.
Concluyamos, que si Santiasco es la capital más depre de Latinoamérica, es porque solita se lo buscó, y a los habitantes de la misma no nos queda otra que comenzar a despedirnos con sonrisas, a tomarnos las esperas con calma y a disfrutar de sus parabienes, con la disgregación de dejarnos de tasas productivas a ras de neuras y estrés. Olvidemos el peso extra de lo que no vamos a ejecutar y saquémonos los zapatos para disfrutar del pasto verde, la piedra oblicua de conectarnos con nosotros mismos siempre, de felicitarnos por haber alcanzado ciertos lujos que Don Pedro, desde su caballo flaco y andrajoso, vería con indiscimulado orgullo de que eligió bien, para que los hijos de esta tierra fueran mucho más que simples súbditos del reino de la infelicidad.


transeunte dijo
Exijo una explicaciòn! .... demasiado râpido el cambio de post. No alcancè a postular para inscribirme en la lista de pretendientes!
3 Abril 2006 | 05:35 PM