Cuando muere un elefante
Cuando muere uno de esos paquidermos grandes y arrugados, de trompa y cola ductil, la manada que lo acompañaba hasta el momento hace una que otra megafinta en el suelo polvoroso de las sabanas africanas y lo deja irse al otro plano vivencial entre cornetas y estruendos que sólo los elefantes entre ellos, entienden.
Cuando murió mi tía, este fin de semana, no quedó otra que hacer más o menos lo mismo y seguir caminando con el sol pegando en la nuca y tratando de conseguir agua para no achicharrarse.
La Adriana, mi tía, era una persona, no voy a decir buena o mala porque ese trámite de encontrarle sólo virtudes al finado, nunca ha sido mi estilo, ya que la viejita en cuestión era cascarrabia y muy poco tolerante con las diferencias de religión, tendencia política y gustos personales por colores alegres y no apagados y ajustados a la edad madura del deslinde, entre café y cobre para homogeneizarse con el resto de la manada de megaviejas amigas de ella.
Era mi tía, soltera pero ya no entera, y como buena mujer de mi familia, quería dejar arreglado los tirantes de la vida de los que le sobrevivieran, como encaminando a la manada al próximo pozo de agua clara, pero arruinándoles el camino con sus restricciones salameras, sus condiciones clandestinas y su cuerpo chico y arrugado donado a la ciencia médica para que descubrieran que se enfermó de soledad, de vacío, de ausencia.
Voy a extrañar sus llamadas telefónicas para correguirme el segundo nombre de mi hijo menor, para preguntar si me gustaban las calcetas a la rodilla y saber cómo es que andaba la familia descarriada, de la que soy madre a tiempo incompleto.
Ir a Constitución y no verla dibujada en la cocina, haciendo platos naturales y picando finito finito todos los ingredientes, me va a hacer falta, pero la manada debe continuar en marcha, buscando sus propios sitios para defecar y alimentarse, aparear y fermentarse y finalmente morir. Porque de todas las certezas que uno cree que tiene en la vida, como el auto nuevo, el trabajo estable, la felicidad impoluta y los hijos sanos, la única que no es una ilusión y un espejismo trucho de nuestra sociedad de consumisión y pecado fácil, es la muerte. La vieja y descocada muerte que se aparece cuando aparece y que es la ventaja de saberse vivos por un rato, para luego estirar el pellejo y los recuerdos entre parientes con tecito en la mano y empanadita de queso en el buche.
Morir es el destino inexorable que se va a cumplir, por más leña que le hechemos a la estufa del mantenernos regios y sin arrugas, de tomarnos la píldora y la represión, por apartarnos de la apariencia de insanidad y tratar de trascender en monumentos al ego y la futilidad de la vida, que es breve y ridículamente insignificante, como para que se la lleve el viento seco del peladero en el olvido.
Por eso, recomiendo que se comience a pensar en serio esto de vivir y ser felices, porque como uno no se lleva nada impuesto para el otro lado, mejor disfrutar el día, el minuto, el segundo que tiene uno el placer de paladear en cuerpo y alma, porque de morir, nos vamos a morir todos y sólo podremos dar fe y testimonio de lo bien que lo pasamos, de lo dichosos que fuimos y de lo auténticos que recurrimos al lado de tanta atadura, tanto drama de pacotilla y tanto miedo imbécil de creer que este traqueteo nos tendría a perpetuidad en condiciones.
Por favor, háganme caso y sean libres y felices, porque la manada se recuerda un poco del que se va, lo despide y hace el intento de retener algunos instantes difusos, pero luego el fragor de la caminata continúa y los huesos quedan expuestos sobre la faz de la tierra, sin más que los carroñeros de testigos.
Adriana, ya te fuiste, pero me quedo con tu gracia, tus risas y los días en que entre la caña de pescar y los juegos del naipe inglés, eramos felices, como tía y sobrina en conjunción perfecta de que el cariño siempre fue mucho más importante que los adornos.
Los elefantes van muriendo y luego del silabeo y los mocos recogidos en el pañuelo, hay que tomar consistencia de felicidad y buen ánimo porque no hay detención en el mundo que nos toca y el show persiste, esté uno detrás del telón o en escena.


Negro dijo
"hay que tomar consistencia de felicidad" que potentes palabras dichas en el sopor del caminar por la sabana buscando el agua que refresque la arrugada piel...
30 Marzo 2006 | 09:52 PM