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Terra
La Coctelera

Nadie me escribe!!!!!!!!!

Una eficaz forma de comunicación.

1 Marzo 2006

Santiago

Dicen que Don Pedro de Valdivia quedó patidifuzo y acalambrado del culo después de cabalgar como una vestía desde Perú hasta el valle central de Chile, en sus afanes de conquista y de paso, en su huída califa con la Inés de Suarez que le llevaba el amen y el alma en vilo al descubridor y conquistador. Por eso, antes de seguir hacía el sur del territorio, tomó un aliento al lado del río Mapocho y decidió que ahí mismo se fundaba la primera ciudad de este largo contubernio entre cordillera y mar.
Como tenía ciertas nostalgias del peladero que había dejado en su natal España, bautizó a la explanada a los pies del cerro Huelén como Santiago de Nueva Extremadura, y ahí mismo hizo construir unas ranchitas, para meter dentro todo lo que traía, entre andrajos, armaduras oxidadas, tinta, papel, el cura y por supuesto, a la Inés.
El 12 de febrero de 1541 se paró en sus hilachas y dedicó su primera conquista al Rey de España, que ni idea tenía que en el nuevo continente se estaba gestando la mayor de sus empresas, la que lo dejaría como soberano absoluto de la mitad del mundo conocido.
Don Pedro era medio obstinado y también conocedor de la lengua de doble filo de los castellanos peladores, así que antes de seguir rumbo al sur de la comarca, le hizo matrimoniarse a la Inés con uno de sus capitanes, no fuera cosa que los curas se avivaran en su ausencia y le contaran por escrito al mismísimo sacramento de las licencias que se tomaba el caballero. Así fue como guardar las apariencias en Chile se transformó en una necesidad impuesta y a la larga conservada en la idiosincrasia que nos adorna y también nos retarda las verdades hasta la muerte.
A no mucho andar en la conquista, los conquistadores se dieron cuenta que la tarea no sería nada de fácil, por ello, entre mate y charqui de equino, fueron peleando una guerra de tres siglos con los Mapuches. Agarrando y soltando nuevos pedazos de Chile. Pero eso no detuvo el crecimiento no planificado de la gran urbe central de la nación, y a pesar de las asoladas indígenas a la ranchería fundadora, Santiago creció bajo el alero generoso de su tierra fértil y las órdenes religiosas que hacían trabajar a los nuevos indios convertidos al martirio de la fe sin pago de horas extras.
Aparecieron de a poco los edificios municipales y cada vez con más determinación, las casas señoriales de connotados apellidos, y al amparo de estos, las iglesias y conventos del nuevo caserío. Pero la naturaleza corcoveadora y tarambana de este país, no dejaba construcción en pie en cada terremoto, por lo cual, esa es otra de las manías nacionales: saber cual viga es la que sede primero para arrancar para el lado contrario.
Pero como siempre, la osadía triunfó a pesar de la chilladera de viejas y el alboroto de las ratas cada 100 años en que la ciudad quedaba en el suelo, y esta urbanidad creció y creció y creció.
Fueron naciendo barrios determinados por la cantidad de su palacios y barriales indeterminados por la cantidad de sus pobres: La conjunción imperfecta de ricos y patipelados en la misma losa del valle del Mapocho, y de paso un sin fin de sitios y paseos que bien vale para los extranjeros de visita y los nacionales de vacaciones, porque más allá del Fantasilandia con las tripas estropeadas a punta de voltereta de montaña rucia, o los mall de compra y pecaminosidad de estirar la tarjeta de crédito, la capital está hecha de reductos increíbles, o por su historia, su belleza o su desajuste exquisito a los patrones impuestos por la castellana conquistadora y los desembarcos posteriores de europeos pobres, pero con clase para transformar la cuenca en una de las más modernas de América latina.

Santa Lucía es un cerro, que no lucía tan bien a comienzos del 1900, pero sin embargo, a punta de obstinación y convencimiento de que se puede tener un estilo Francés aunque cueste sus lucas, don Benjamín Vicuña Mac Quenna porfió hasta el colmo de forestarlo con especies exóticas y regarlo él mismo, personal e instranferiblemente. Así fue como ese promontorio de rocas y piedras sueltas, llamado por los indios que se toparon con Don pedro de Valdivia como Huelén (lugar de mala suerte o fortuna), se tranformó en uno de los paseos más disfrutado de los santiaguinos de elite de la primera mitad del siglo XX.
Pero por esas cosas del destino no escrito de estos lugares donde el público tarde o temprano llega, a finales del mismo siglo, el cerrito aquel era el sitio predilecto de encuentros carnales de parejas en apuros amatorios y de paso, de chicos que buscaban estrenar la boca en algo más que recitarles poesías a los pederastas de siempre. Así el promontorio se corrompió y detrás de unas matas altas y verdecobre, se desencantaban los cafiches y los putos por unos pesos justo antes del cañonazo de medio día. Pero ahora cuenta con ojos vigilantes y grupos disciplinados de moralistas que trajinan entre las matas, por lo cual la visita al cerrito exige un ánimo deportivo y desayuno, algo de talento en lo de subir y bajar escalas y sentido de orientación interna para no terminar siempre en el mismo sitio, aunque se quiera llegar a otro mirador. No te cobran por subir ni por bajar, pero si el día es bueno y el smog lo permite, la cordillera al ladito, bien debería cobrarse porque es increíble, sobre todo después de una lluvia. Pero como los turistas pueden venir en verano o justo cuando haya sequía, en la salida poniente del cerro hay una feria artesanal donde también venden postales del Santa Lucía y la cordillera majestuosa a su costado…y cuestan poco y quedan lindas en la bitácora del viajante.

El Museo de Bellas Artes y el Parque Forestal, rescatan en sus concepciones, la idea de un Santiago de Europa, estirado y refinado a punta de encausar el río Mapocho en sus aguas y sus riberas, para que las viejas rancias y los caballeros pulcros, saludaran y pasaran. Primero el caminado Parque Forestal era una alameda de árboles poco frondosos, por lo que las niñas aprovechaban de sacar sus sombrillas y mirar de reojo a los artistas que salían del Bellas Artes, los cuales eran totalmente prohibidos y por lo mismo, deseados, por las jovencitas de sociedad. Pero bajo la determinación de aquellas autoridades que habían sorteado el gran charco y tenían la suerte de haberse paseado por avenidas más frondosas, se plantó el entorno del Forestal con un sin fin de Plátanos Orientales y otras especies arbóreas no chilenas, haciendo el paseo una delicia en las acaloradas tardes de verano para las damas y caballeros de la alta soledad.
Sin embargo, a mi me gusta caminar por el forestal en otoño, porque los plátanos estiran sus hojas cobrizas y amarillentas, como la alfombra perfecta donde revolcarse con los niños y hacer crujir la estación. También recomendable es columpiarse en unos juegos que se encuentran en su recorrido, porque cuando se agarra vuelo con las patas colgando, parece que la selva de hojas verdes, amarillas, naranjas, nos traga y nos devuelve a la tierra una y otra vez hasta que el mareo o la fila interminable de niños que esperan por su turno nos arranquen del juego.
En el Bellas Artes encontrará algunas gracias de los mejores pintores nacionales y exposiciones variadas en su tema, horario y oportunidad. Mucho cabro con olor a diseño y mucha niña con olor a transgresión al buen gusto, pero el paseo es bonito y se puede hacer calmado y sin apuros de turista macabro.

Entre las calles San Antonio y Tenderini con Agustinas está el Teatro Municipal, y debe ser que yo trabajé por un tiempo a una cuadra de este sitio, que para mi es imperdible ver pasar a las alumnas de ballet con sus tutues y su moños tomates, o bien encontrarme en la esquina con parte de la tramoya de alguna ópera o tener el placer de ir caminando por Tenderini, mientras un coro a todo trapo ensayaba el Aleluya más divinoso que hubiese escuchado nunca.
Ahora que cuenta con una cafetería justo por calle Tenderini, con quitasoles y asientos a la sombra, jamás dejo de tomarme la mineral de rigor en solitaria compañía y en más de una ocasión he ido a disfrutarlo con turistas que ni se imaginaban que al lado de esta réplica en chico del teatro La Scala de Milán, uno puede sentirse tranquilo y cómodo y de paso, consultar la suerte de las tarotistas que te entretienen el futuro.
El teatro por dentro es de lo más mono, limpiecito y conservado y cuando hay funciones, uno puede encontrar desde la vieja con piel y prismáticos, hasta jovencitos con aire de curiosos. La entradas para una obra nunca son tan caras, pero hay que comprarlas con anticipada mejoría, para tener claro en qué sitial nos toca y a qué hora hay que estar de diletante a la entrada.

Iglesias hay varias en el centro mismo de Santiago, pero yo recomiendo por lo viejas, curiosas y con historial, tres de ellas, o tal vez cuatro, todo depende de la condición física y el estilo del paseante.
La primera a ver y visitar es la vieja Iglesia de San Francisco, Monumento Nacional y todas esas categorías de inmueble medio sacro santo que se perfila para el recuerdo y la mantención de la memoria, aunque ni las pasas nos sostengan la historia de la iglesia más vieja y desplomada de Chile. Ya hablé yo de los terremotos, pues esta es el vivo ejemplo que la constancia de los Franciscanos rinde sus frutos a pesar de la naturaleza movida en que se construyó, por lo que es una amasijo ecléctico de barroco, clásico, colonial, románico y español en desuso y sin razón de que la arquitectura no rinde explicaciones el día del Juicio Final. Su gracia es el Convento que tiene al lado, un refugio de paz y silencio a sólo un par de pasos de la arteria más concurrida y bocinada de la capital como es la Alameda Bernardo O’Higgins. Lo otro entretenido es el San Antonio, que como se ubicaba frente a la puerta lateral de la iglesia, era el paseo obligado de las niñas que buscaban con cierto afán un esposo, para no quedarse solteronas en casa, por lo que la calle que nace desde esa misma puerta lleva el nombre del Santo, para que nadie olvide en estos tiempos modernos que aún se obran milagros.

La Iglesia Catedral de Santiago está justo frente a la Plaza de Armas, fue construida y destruida muchas veces (lo de los terremotos, no olviden) y a pesar de ser imponente y muy visitada yo diría que uno de sus méritos mayores es que en tiempos de la Dictadura de Pinochet, justo al lado se encontraba la Vicaría de la Solidaridad, donde se guardaban y mantenían los registros de torturas, muertes, desapariciones y flagelos inimaginables a la cordura de los chilenos, por lo que cada vez que se venía una intención de ultraje por parte de los militares, la Catedral se llenaba de fieles rezando y las puertas se mantenían cerradas.
Confesiones hay todos los días, pero los jueves el peregrinar de jóvenes peruanos es un rito interesante, ya que ningún joven chileno se atreve, debe ser que la conciencia de mis connacionales se lava con agua impura del Mapocho, la que no deja ver todos los pecados guarecidos a lo largo de los años.

En calle Moneda, a una cuadra del Palacio La Moneda (casa del gobierno chileno) se encuentra la pequeña y restaurada Iglesia de Los Agustinos. De madera y silenciosa, le pide a sus fieles que apaguen el celular y recen piadosamente.
A mi me gusta por su estilo clásico Italiano y sus dorados ángeles de madera, porque la soledad no se estira mucho y deja en calma el espíritu caminador, además, porque a tan pocos pasos del poder y la Bolsa de Comercio, hay silencio y reflexión. Y aunque una no sea católica y apostólica, cuando ya se lleva recorrido el centro de la capital, los pies descansan en las tablas de madera del piso, que no son frías en invierno y no son calientes en verano, y además, porque a mi me parece y este recorrido virtual es mío.

La última iglesia que voy a referencia acá es la Iglesia La Merced, en calle Merced esquina Mac Iver, primordialmente porque en su construcción original participó nada menos que la Inés de Suarez, la misma española viajada a estas latitudes para acompañar a Don Pedro. Su esposo, Don Francisco de Aguirre donó los terrenos y los materiales para la construcción y por lo tanto, en cada misa que se celebra allí, se ruega por el descanso de sus almas, ad eternum, infinito…o sea, para siempre. Así se aseguraron de que la entrada a los cielos de ambos fuera más profesional y de paso, salvaron con decoro el buen nombre del conquistador, que murió en manos de los Mapuches, pero de todas formas logró su cometido.
De paso, al lado está el Museo La Merced, donde en tardes de repiqueteo de campanas es fácil ver pasar a los fantasmas rumbo a la misa (monjas en atuendos incluidas) y el jardín de lo que fue el convento, lo acoge a uno en días de calor con clamor de pájaros y fuente cantarina.

Debo decir que el recorrido continúa, pero vamos por partes, porque se me acalambra la mano y se me agolpan recuerdos de tantos encantos vividos entre las calles del corazón de mi nación. Prometo volver con los lugares más inesperados, donde comer, beber, degustar, admirar y socorrer el alma y los pies del tránsito perpetuo de la urbe.
Es una promesa y hay testigos!

servido por Marcela 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

transeunte

transeunte dijo

Excelente descripciòn. Me pregunto cuâl serà la receta para escribir con un estilo tan vivo; chispeante y saturado de picardìa.Gracias Marce por regalarnos esta literatura sonriente y que sin embargo encierra aspectos profundos y serios. Lo prometido es deuda asì que estarè atento a tus pròximos escritos. Prometo asimismo que una vez que ingresè a la comunidad "membrillana", presentarè mis credenciales y estrecharè la mano de cada uno de los que veo pasar por las calles que recorro cotidianamente.

1 Marzo 2006 | 05:21 PM

malaserge

malaserge dijo

Marcela recorriendo tus escritos por primera vez he sentido como si me acercaran a una vieja amiga, próxima, cálida y divertida.
Me ha llamado la atención ese grito desesperado, casi desgarrado a golpe de signos de interrogación del título de tu blog y me ha hecho gracia esa frase iniciática de tu presentación; todos vivimos al otro lado del mundo y todos tenemos deficit de comunicación.
Espero que cuentes conmigo para tu comunidad dorada, como tu edad, y amarga como el sabor del membrillo.

1 Marzo 2006 | 11:52 PM

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Hace un tiempo largo que abrí este blog, con el único cometido de expresarme, de buscar mi beta, de encontrarme a mi misma y a los otros. La vida para mí es una eterna búsqueda y en eso persisto. Compartir mis mundos a través de las letras, es mi necesidad. Por eso este blog permanece, aunque Nadie me escriba. Creative Commons License
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