El día de los Enjabonados
14 de febrero…casi todos los 14 de febrero he debido creer ciegamente en que el amor existe, porque desde que esta fecha está marcada en el calendario de celebraciones apegadas al mercadeo y la insufrible venta de baratijas con olor a olvido, es que me ha tocado andar sola por las calles, arrastrando la pera y la ilusión media cursilonesca de que alguien se acuerde de mi.
Ni hablar de cuando era una adolescente involucionada con mis cuentos de hadas cafiches y príncipes medios tuertos, en que nunca saltaba la liebre ni aunque me agarrara con dientes y muelas del enamorado de turnio. Siempre estaba destinada a ser pasada por alto con la excusa molesta de que ese día no se celebraba porque era una siutiquería importada y ellos (todos los ellos que me hicieron el ossssooo para ahorrarse los regalos) no compaginaban con esos menesteres yankees y de transnacionales que lo único que querían era llenar el mundo de corazones de plástico no reciclable.
Así, no me quedaba otra que reciclar mi amor para oportunidades más ventajosas como cumpleaños y día del calentamiento global, para atisbar en mi inocencia dulsona que los muñecos en cuestión no querían estirar el billete arrugado, con tal de complacer a esta humilde princesa de multitienda, ya fuera con un par de rosas rojas en celofánica malformación, o bien un cucurucho de maní confitado para compartirlos en cualquier función de cine.
De esa forma medio al descuido crecí sin la ilusión de que el día de los enamorados se celebraba, hasta que ya estuve tan crecida que cuando el galán más arriesgado y menos arropado en cuestiones de transnacionales y convicciones antinucleares, me dejó un ramo de bellas flores campestres en mi almohada; ni me arrugué y le di un beso como si fuera una más de sus multiples gracias. Me bañé y después me fui al trabajo con el recuerdo de las flores en mi cara. Creo que él esperó algo más bullicioso o con más rechines de cama, pero yo tan perdida como pez en el desierto, no reparé en su particular forma de mirarme por entre las velas encendidas de la noche, ni siquiera me di cuenta cuando me pidió que viviéramos siempre juntos que ese era el bendito día de los enamorados.
De ahí para adelante pasaron muchos calditos calientes en las noches de invierno, caminatas increíbles en las mañanas congeladas, cocinando en un anafe camuflado huevos fritos y pan tostado, haciendo miles de proyectos y viajando a la costa a comer pan amasado que sólo él sabe hacer en horno de lata, y ocultándonos de las familias, para que nuestro hechizo de amor nunca se resquebrajara.
Pero curiosamente, yo no lograba enterarme de que cada 14 de febrero se debía celebrar la dicha de no andar solo por el mundo, y como no sacaba cuentas y no me podía imaginar el gusto de unos chocolates derretidos debajo de la sábana, pasaba inadvertido ante mis descompuestos ojos.
Cuando ya me comenzó a pesar la fecha como collar de meloniada pulsación a la orilla del corazón burro, me tocó darme cuenta que siempre estábamos en puntos opuestos de la carretera, él trabajando y yo abanicándome el calor de mis vacaciones. El dándole fruto al país y yo chupándome las frutas de la estación, él sacrificando su durazno esplendor y yo paseándome solitaria con un coche de guagua. Cualquiera fuera la razón, desde aquel primer día de los enjabonados que me saludó con un ramos de flores (debo agregar que él nunca ha escatimado en ramos de flores, prendedores, libros, aretes, jarrones y un sin fin de chucherías que a la más frígida de las mujeres, dejaría más que contenta) los que vinieron a posterior nos encontraba en lugares distantes y sólo a tiro de teléfono para reconfirmar que hay amor.
Este año no ha sido diferente. Yo lejos de su compañía y él a la distancia melodramática de la ausencia forzosa que nos imponemos para rellenar no sé que estilo de molde, pero al parecer uno de “long lasting life” porque siempre nos congeniamos con unos momentos de comparecencia frente al calendario y recordamos con cierto indiscimulado orgullo, que hace 13 años y un día se nos dio la locura de ser la pareja más feliz del mundo, aunque el clima no nos acompañe y las depresiones no nos dejen.
Hemos porfiado cada día por aquello de que el amor perdure y el genio nos mantenga en buena disposición, hasta que nos hagamos viejos insoportables y achacosos, hasta que la muerte nos lleve de las mechas y nuestro nietos (y los nietos de ellos) recuerden a esos lejanos abuelos medios locos que por más que quisieran no celebraban el día del amor…porque el amor era todos los días de sus vidas.
Así que amado Negro, feliz día de los enjabonados!!!!!…..no lo dudes, porque espuma hay para rato.
Ahhhhhh, y para sonar bien cursi y a tono con la rosadilla celebración:
“Mompita ama a Mompito”…………………..Y que alguien se atreva a decirme algo…..porque lo parto a blogadas.


laveron dijo
todo está tan lindo...que ni pienso decirte nada acerca de ese santo valentín.
un beso!
laura
15 Febrero 2006 | 03:48 PM