He viajado con Perez Prado
A 120 por hora hasta las vacas del camino se ven sílfides y delicadas manchas del paisaje rumbo a la costa acicalada de pastel de jaiba patichueca y empanadas de machas recias.
Saliendo con destino al poniente mientras el cucharón está henchido de ventolera, arena picante en los ojos y guata al sol, por entre cerros peinados de insigne de la cordillera anciana, la radio en el auto sólo acompaña la chala fresca en el acelerador por un tramo y luego hay que rebuscar la guantera musical y someterse a la resignación sonora de que sea lo que venga.
Para que diablos voy a poner cuidado cuando me enfundo la carretera en compañía del purgatorio musical de los cassettes de mi madre, si el auto no me pertenece y las melodías que me hacen la existencia más plañidera, están guardados en formato digital inaccesible para mis oídos a punto de perder la virginidad, agarrados de un tal Duo Dínamico español, antiguo y alocado para las fiestas de las quinceañeras escolásticas de las monjas Ursulinas.
Así que atenuada por las lomas curvilíneas del camino, comienza a tocar la cinta que sin ver he puesto a rodar en la casetera del auto y sin esperanza comienzo a dejar atrás caseríos en medio de la ruta verde, pinos equidistantes y claros de azulosa ilusión marina. Pero por esas cosas de la dichosa selección lo que se baraja es un mambo a todo cachete, entrompetado y rítmico gozador que hasta la cara avinagrada de mi abuela se comienza a iluminar, mientras a mi madre se le encumbra la bataclana con plumas y lentejuelas que lleva adentro.
Es nada menos que Perez Prado, un recuerdo inolvidable de mis idas al circo cuando era niña y en el medio de la pista comenzaba la chica de las clavas a darle emoción con el fondo de aquel “Mambo 5” que se te pegaba al alma infantil, como el algodón de dulce o el maní confitado.
Tanto sabor y trombadera dentro del auto, que el camino se me hace veloz y timpanoso cual película Almodovariana, en busca de la constelación acuariana del Pácifico rugiente y oliente de cadera de mujer.
Este si que es un viaje movido, con insubordinación del cuerpo y repiqueteada felicidad de escuchar esos sones con “Pachito e ché” y los 8 números del mambo que saltan y resaltan por entre las curvas del destino espumoso.
Cuando estamos a la orilla, ya no hay nube atosigadora que nos desvanezca la algarabía mambera y antes de sentarnos a la mesa de las tan mentadas machas, hasta mi abuela agarra confianza con un viejo pelado, que de verla tan cadenciosa le levanta la copa y la sonrisa sin dientes en un brindis.
Perez Prado es sin duda uno de los mejores aliados, cuando la esperanza remota estaba en perecer la tarde en manos de cualquier recuerdo naftalina de aquellos cassettes que aún atesora mi madre.
Así que ahora vengo de la tienda de discos con la versión viejitalizada y remasticada de lo mejor del mambo, como para sacar chispas en casa y lanzarme de lleno cual malabarista en malla transparente y algodones rosados del gusto por aquella música que nunca se nos escapa del cuerpo.


clubfolio dijo
Da gusto leerte porque siempre aprendo cosas nuevas de cómo escribir que tú haces con tanta facilidad y expresión. Es, de verdad, un auténtico placer. Felicidades.
Un beso.
8 Febrero 2006 | 10:20