En qué se parece mi vida a la de otros?...
Ayer caí en la cuenta de que este estropajo no secaba las mismas lágrimas de cocodrílica vehemencia, ni que el corrugado escaparate del tiempo nos cubría las mismas oquedades de la cara mía o la de mi amiga Karen que estuvo ausente por casi 23 años.
Una eternidad entre los 17 años en que durmiendo debajo del mismo cielo rosado de las sábanas de su cama me dijo que ella no creía que podría ser feliz, mientras yo trataba de hacerme la dije soportando el mal olor de patas con una filosófica bocanada de aire puro en que uno siempre puede ser feliz.
Así, la encorvada caravana de nuestros destinos se hizo posible a pesar del espantoso pato asado que nos hizo su madrastra para celebrar el cumpleaños número 18 de Karen y su varonil hermano Poncho, por cuyos ojos aceitunados cayendo por el costado de mi cabeza yo hubiera dado mi colección de Clásicos de la Literatura que me salvaron del calvario de la adolescencia.
Fuimos amigas todo lo que se pudo, aunque yo habría dado un poco más porque entenderla era muy fácil y dejarla contenta con mis elucubraciones de reparto cinematográfico y filosofía arrendada bastaba para que la amistad persistiera.
Lloré de pena cuando se fue a estudiar a la universidad, en otra ciudad y también me entristecí al saber que el estupendo Poncho se comprometería con la flacuchenta deslavada de la Rayén, su enamorada de siempre….pero obvio, a esas tempranas alturas de la vida uno no podía pretender tenerlo todo de una sola vez y por eso seguí adelante con Victor Hugo y Los Miserables, para que el dolor ajeno disipara el propio al final de un verano tórrido de las postrimerías adolescentes.
Toda una locura entre ese episodio y mi encuentro de ayer en la tarde con aquella amiga y de paso, los aceitunados ojos de su hermano.
Aunque el rito era darse la mano y un beso, me quedé petrificada al lado de mi madre agarrada a mi cartera como boya salvavidas en medio de la corriente existencial del huracán saludo y sólo sonreí con perlas esmaltadas de una boca que no atinaba a hablar del clima o de la próxima elección presidencial, hasta que di con un tema que atañe a todos: los hijos.
Mi amiga se explayó con la enumeración de sus retoños en tipo, género y edades, mientras yo pisaba al descuido la orilla del zapato de Poncho que perdía sus aceitunas oculares en el enigmático filo de mis oscuros lentes de sol y antes de que comenzara a descolorarme los arreboles con la larga explicativa de su vida yo me percaté de que ambos hermanos se veían harto mas viejos que yo, y eso que todos estamos encaramándonos en la cuarentena prosaica y fantoche.
O será que la vida me ha tocado más mullida y cuando no, le he dado paso al sarcasmo y socarronería del murmullo profiláctico de que nunca todo es tan malo en esta existencia patas arriba en que ya me leí los clásicos y le he hecho caso a las máximas de que si uno quiere, siempre puede ser feliz.
Cerrando el capítulo de Karen y Poncho dejé abierta la constancia de que a pesar de sus autos y sus estables carreras profesionales el tinglado es harto más bonito en la escena que me toca interpretar, que me queda más alegría en el carrete y que ya no entregaría mi alma al demonio con tal de que el canoso y arrugado Poncho me bajara la guardia y me dijera que haberse ido lejos de mi fue su mayor equivocación.
Insisto, mi vida no se parece a muchas que divagan por ahí, aunque de la impresión de lo contrario.
Y de paso, hoy voy a ver a otros amigos que no visito desde hace cinco años………


Juan Solo dijo
De pronto uno busca amigos que no encuentra, y otros llegan de sopetón. Lo importante es tener alguno que te quiera escuchar.
Estoy en días no-buenos, así que no te arranques que te quiero dar un abrazo.
Chau.
13 Enero 2006 | 04:34 PM