Gastritis, bendita gastritis!
Al parecer, el post destino de blogeros después de las libaciones etílicas añonueveras dió para harto y muchos aún no recuperan la compostura frente a sus escritorios.
Yo, sentadita detrás del ventilador que me enfría las ideas y con un vaso de dietética agua de la llave, me repongo de los estrambóticos efluvios champañeros que me dejaron viendo al revez y sacándole el quite al sol, cual vampiro en búsqueda del agujero más oscuro.
Estoy de vuelta con cierto espíritu de cuentagotas en que me dispongo a describir la monumental epítome biográfica de mis enlucidas 39 primañejas, a ver si en el recorrido saco las cuentas más alegres y termino de hacer las tareas terapeúticas pendientes del año viejo y olisco que aún se retuerce a la distancia del asado de cangrejo y el pollo marinado a la brocheta.
No es que mi vida de para monumentos, a lo más, un par de frases por década y estaríamos resumiendo años de mal genio, de frustración y de bluejeans talla 48.
Saber cómo es que se gestó este pedazo de mina entre los tirifílicos y floripondios sesenta, pasando por los encorbatados y tiezos setenta, para entrar de lleno a la redondéz estivalera de la onda disco y las mechas alborotadas y recalar en los noventa, como dama del lago encantada que a pesar de las dudas se embarcó sin bellaquerías en el bote del amor. De ahí para adelante, he sido la fiel y viva imagen de la más sui generis de mi desgeneración y por suerte (o sin ella) no me ha dado por parecerme a las sufridas, abnegadas y teñidas colegas en lo materno y lo social.
Es más, después de haber surtido la esperanza familiar con un trabajo estable de secretaria, recepcionista, asistente dental y un etc. largo como lista de supermercado, me dió por salirme con las mías y dedicarme a lo que sí me gustaba (debo decir que me tomó más de 35 años hacer el descubrimiento, por si hay otros por ahí que llevan menos, no decaigan!!!)En eso he estado estos últimos años y para colmo de patudeces, me dió con sacar el título y graduarme con horrores casi al final de las posibilidades y a punto de ser aspirante a la silla de ruedas. Obviamente, eso no hizo mucha gracia entre mis familiares, pero a decir verdad, a estas alturas, que yo saliera de atrás para adelante no es el gran asombro.
Invariablemente, he seguido siendo participante de que la vida es bella, de que la felicidad se tiene siempre y no en la orilla del horizonte que nunca se alcanza y que para vivir no es necesario estar metida hasta las patas en créditos de consumo, malabares con la chequera y apoyos capitales de la tarjetas crediticias.
Pero así y todo, aparentemente tan liviana, me ha dado por levantarme esta semana con la caña puesta y el dolor de espalda, la pata chueca y la gastritis comediante que me estruja la barriga. Yo, adjurada de médicos y farmaceúticas visitas estoy a punto de hacer la fila en el consultorio para que me receten una aplacador de iras.
Es que ser yo no es tan fácil, porque si bien la andina corre por el cuerpo, hay momentos en que todo el Toro que llevo dentro se encacha y quiere repartir cornadas a mansalva de madres y tías, sin meridiar cordura o corrida San Fermina que disuada los ataques.
Explicaciones son muchas, pero me imagino que para los que llegan con resaca a mis palabras, mal no estaría refrescarles la corona con la simple y compleja relación matriarcal de mi vida, en que una manda y las demás desobedecen. Pero nunca frontal, así, como de medio lado y haciéndose la lesa a punta de visitas espaciadas y terroríficas enfermedades inventadas y contagiosas.
Me dijeron que no hablara de esto, porque se vería mal en el post que uno sea tan terrenal como los otros, pero de alguna forma debo deshacerme de la hinchazón intestinal, aunque sea llenándoles de gases los comentarios.
Y que conste, esto me ha salido de corrido como parte de la terapia melodrámatica de mi vida en que escribo, escribo y no me detengo a medir ni las delincuencias.
He dicho!


detalles dijo
La pregunta sería ¿compensó el disfrutar de la juerga? :)
5 Enero 2006 | 12:16 AM