Mis amigos que no son felices.

Si todas las mañanas escribo un post es porque me hace muy feliz hacerlo. Hablar de futilidades y perspectivas personales dentro del cosmos que nos envuelve, es parte de la estrofa que al menos a mi me gusta cantar, sin embargo, si no puedo hacerlo un día, o bien el primo me quita la conección a Internet, no voy a dejar de ser feliz. Saldré a caminar más temprano, compraré algún diario y me comunicaré por carta, teléfono o telepatía.
Hace algunos años atrás renuncié a la infelicidad, porque aunque era popular, tenía más adeptos que un partido político y más fans que una estrella de cine, no se ajustaba a mi cara redondita y de sonrisa fácil, ni que a pesar de todas las calamidades, yo igual creyera que se podía salir adelante; ni que las viejas repitieran que la vida no era un lecho de rosas, y yo que me había revolcado con gusto entre los pétalos; ni que la muerte era el descanzo, cuando yo quería vivir unos 120 años al menos.
No digo que fuera una optimista maldita, porque siento que los optimistas son pesimistas renegados, pesimistas que se dan el trabajo de tener buen ánimo aunque quieran abandonarse al sufrimiento a la primera esquina; lo mío era como la simple felicidad de poder pararme en mis dos pies y dirigirme al baño cada mañana. Hacerme las tostadas con margarina, escuchar la voz de mi hijo o sentarme a escribir. Abrazar a mi madre y reconocer los méritos en el tapete de mi padre. Solucionar el día con buen espíritu y sin rencores acumulados. Pero sólo un día a la vez. Haciéndolo en tiempo presente.
Debo reconocer que tantos años de frustrada y desconforme con mi realidad me hicieron la decisión complicada, pero como se trataba de una cosa a la vez, se me fue despejando el follaje y quedando a la vista lo fundamental, lo que sí vale y persiste en mi corazón.
Alcanzado ese estadio de iluminación personal (que puede ser como una ampolleta de 10 voltios), la vida no se me hizo más feliz como por arte de magia, pero al menos dejé de cargar el peso del mundo sobre mis hombros y comencé a caminar más ligera, más a gusto en mis zapatillas nuevas.
De ese día hasta hoy he aprendido que con lo simple, con lo básico, con que el ciruelo me de la bienvenida y el cursor que parpadea se puede armar un mundo, disfrutar de la vida sencilla.
Y aunque ese ha sido tal vez mi mayor aprendizaje, siento que la experiencia no sea transferible a mis amigos, porque los veo tristes y agobiados, dolidos y solitarios.
Yo sé que la respuesta es mucho más simple, pero ellos se niegan a creerme....lástima!!!!!, nos habríamos revolcados todos con ganas sobre las fragantes rosas.


maqria jose dijo
primero holaa....
2do decirt que en tu blog demuestras mucho la buena,inteligente y simpatik persona que eres,y no te tiene que importar o no si te llegan comentarios si no que la gente que de verdad los valorisa como yooo.Pienso tambien que si te gusta escribir siguelo haciendo por que asi creceras
mucho como persona.
TE DEJO MI MAIL COTE_TADISADURA@HOTMAIL.COM
17 Noviembre 2005 | 04:16 PM