Chirimoyas, salvajes dentro de la boca.
Son fascinantes y olorosas las chirimoyas primaverales que me dan la gracia de saberme al otro lado del mundo, terciopelando la mañana desnuda en cumbre de una verde y suave fruta casi tropical, casi madura y delicada entrando a pequeños mordiscos en la boca.
No hay como hacerse los sordos a su olor magnético y destilado sobre la servilleta blanca, acompañando su tersa blancura de miles de agujeros con una naranja grande, profunda y repleta de sol, alegre como los parajes en que recorrer y descubrir la fruta debajo de un cielo abierto y generoso de azul y viento cálido.
Yo de chirimoyas me desayuno las elucubraciones del trino y me perdura el ardor de coleoptero hasta que al medio día dejo vagar en los jugos de un pomelo el sabor derretido de un trozo inmaculado de la fruta exijida al paraíso.
No creo que los melones o las manzanas, a pesar de su simple nobleza, logren igualar después de un día largo, la refrescante efervescencia de una chirimoya pelada y saboreada con las manos, mientras el jugo llega al piso y sus negras semillas se acumulan junto al plato como pidiendo ser devueltas a la tierra, para retornarnos otra mañana de bendita primavera, envuelta en la verde y áspera cáscara de una nueva chirimoya.


soary dijo
esto lo has escrito tu, me encanto, transmite muchas sensaciones, escribes muy bien. saludos
25 Octubre 2005 | 04:04 PM