Cuando él duerme
Cuando él duerme voy y me hago un té, me siento frente al teclado y descargo esas pequeñas retaguardias que me espantan el sueño y las ganas de leer o encerrarme junto al televisor.
Cuando él duerme, yo aprovecho de sacar mis antiguos vestidos y me los pruebo aunque no me ajusten, también busco mis zapatos y me los calzo para caminar del closet al espejo, voy y abro los armarios en busca de aquella bufanda que tejí un invierno y recuerdo que estuve a punto de engañarlo con el blusón celeste una tarde de fiesta en el museo.
Me empapo del olor de la ropa guardada y sueño con que algún día volveré a usar el bikini o la blusa casi transparente que me regaló mi hermano.
Cuando el duerme voy y llamo a mi madre y me compro unos pastelillos en la esquina para comerlos a solas antes que se despierte.
Abro las ventanas y dejo que el cálido sopor de la tarde invada la cama y mi sillón.
Acaricio al gato y reviso las viejas revistas que guardé bajo la máquina de coser de mi abuela.
Ordeno un poco y lavo los platos sucios, me tomo otro té y me quedo absorta frente a los árboles que han comenzado a florecer.
Escucho el latido incesante del departamento de al lado y a la voz desajustada del portero que nunca da las buenas tardes.
Los pasos atenuados de las zapatillas de gimnasia y alguna música lejana que me recuerda el campo y las abejas.
Cuando él duerme escribo estas palabras con cuidado para disfrutar otro momento más del silencioso viaje que emprendo cada día conmigo misma y atajo intrépida una hormiga que se desliza por la mesa.

