Voy de viaje, no me esperes.
Voy de viaje, después de tanto tiempo tomo mis pequeñas cosas y voy de viaje nuevamente. No llevo una maleta grande, para qué si creo que voy a estar de vuelta el martes, así que busco aquel pequeño bolso azul y comienzo a llenarlo con los zapatos, la toalla, el cepillo, las cremas, el espejo, los calmantes (para qué diablos los voy a llevar si viajar me relaja, los dejo), los lentes de sol, la blusa blanca, la blusa roja, la blusa celeste, un jeans, dos pantalones y mi reloj, la pulsera, los anillos y los aros.
Estaré ocupada creo, con los asuntos de la recepción, las llegadas y salidas, los buses que dejan su cargamentos de humanos como ballenas atiborradas en el borde de la playa.
Como moscas a la miel el ejército de taxistas, de señoras que te ofrecen las pensiones, los almuerzos las bebidas y ese olor a fritanga, y a desinfectante de baño.
No lo creo, me he olvidado los anteojos para leer y voy a tener que estar sentada tres horas concentradas en el paisaje que se abre como una merluza verde al lado y lado de la carretera.
Espero que no pongan una película repetida y que el sonido del traca-traca del motor del bus no desconcentre al señor que ronca al lado mío.
Anunciaron lluvia, así que el horizonte se hará más pequeño y cuando llegue me estará esperando mi socio para darme un abrazo y preguntarme como ha ido todo.
Luego nos sentaremos en aquel café pequeñito para esperar a los otros viajeros, a los que vienen en busca de este mundo desconocido, rural, activo y lluvioso y con mi inglés de siempre y la sonrisa de ahora daré el welcome to the adventure.
Yo viajo, pero no como casi todos lo hacen, yo viajo para mostrarle a otros lo que es parte de mi vida, el viñedo de mi abuelo, la calle donde nació mi madre, las sopaipillas como las que hacía mi abuela, el edificio que ayudó a construir mi hermano.
Este es mi territorio de siempre y si pudiera me quedaba acá, sortenado las lagunas del alma, descanzando la mirada sobre la cocina y el mantel de flores pintadas por mi madre, respirando ese inconfundible olor a viña antigua, a fudres a medio limpiar, rescatando las viejas fotos de mi historia que se pierde y se desprende de mi cuerpo con este vivir en la capital, en el círculo acorazado de los rascacielos y sus luces que te ciegan.
Voy de viaje, pero extraño estar donde siempre he debido, donde se encuentra mi felicidad, mis recuerdos , mis árboles, mis deseos....no me esperes.


Contraejemplo dijo
Muy bello lo que escribes.
Creo que es difícil encontrar el lugar en el que uno se sentirá feliz el resto de su vida. Pero cuando lo encuentras, dicen que te das cuenta y ya no puedes irte. Yo no sé si lo he encontrado. No me lo he planteado porque estoy bien donde estoy.
Por descontado que la habrás visto, pero si no es así, te encantará "Un lugar en el mundo", de Adolfo Aristarain.
24 Septiembre 2005 | 01:19 AM